domingo, 28 de octubre de 2012

Con el aire que llevan...

Hace unos días mi primo Pepe me mandó un chascarrillo vía mensaje del facebook y me hizo recordar los distintos cantares que existen en torno a nuestra tierra y sus particularidades. Un vistazo a las hemerotecas de principios de siglo (esas que luego sirven para comprobar que, efectivamente, la Cospedal dijo lo que dijo sobre no recortar sanidad y educación) permite esbozar una sonrisa ante lo ocurrente de algunas copillas. Muchas de ellas son ofensivas, otras reflejan un hecho anecdótico que ocurrió en cierta ocasión, las más se dedican a glosar la lozanía y belleza de las mozas del lugar. Es mi intención en esta entrada el recordar algunos de estos cantares de La Mancha y sus gentes, entre los cuales citaré, como no podía ser de otra manera, los dedicados al ferrocarril, que también los hay y muy buenos.
No voy a abrumaros con la enorme cantidad de estas copillas, porque la recopilación que llevó a cabo Eusebio Vasco consistía en 30 000 cantares manchegos, nada menos. Pero sí quería destacar algunos que me parecen graciosos o ingeniosos. Empezaremos, en cualquier caso, con los hirientes, con los confeccionados para hacer burla y chiste del pueblo de al lado. Uno de los más curiosos es éste, que hace referencia a San Carlos del Valle: No te cases en el Cristo, porque dicen las cristeñas que quien se casa en el Cristo otro día va por leña. ¿Gracioso, verdad? Pues sobre Valdepeñas hay un montón de estos cantares cachazudos. La gran Valdepeñas, la ciudad enorme, cosmopolita, rica y avanzada de principios de siglo, atraía la envidia e inquina de algunas mentes pensantes, que dejaron para la posteridad perlas como ésta: Valdepeñas con ser tan grande parece corral de vacas y Moral con ser tan chico parece taza de plata. Y no os creáis que hacían referencia exclusivamente a la ciudad; de la ironía y la mala baba no se libraban ni las muchachas: En Valdepeñas madre pantorrilludas. Cuatro pares de medias gastan algunas. O este otro, que es el culmen de lo refinado: A Sevilla he de ir a por una sevillana, porque las de Valdepeñas espigan pero no granan. Incluso se tomaba Valdepeñas como final de trayecto de aquellas mujeres casquivanas y licenciosas: Mala fuiste en Infantes y en Torre de Juan Abad y has venido a Valdepeñas a acabarla de enmendar. En descargo de Valdepeñas diré que hay otros muchos que cantan sus excelencias, sobre todo del vino, siempre tan presente en esa gran urbe modernista y avanzada: Si Valdepeñas soltara en el Jabalón sus vinos aunque la lluvia faltara molerían los molinos.
No hay que pensar que la gente tenía fijación con la ciudad del vino; las pequeñas poblaciones también tenían sus cantares, que los vecinos solían recordar con tono jocoso y festivo: Torrenueva ya no es pueblo que es una segunda corte. ¿Quién ha visto en Torrenueva jornaleros con bigote? O este otro en el que se alaba la presteza de las mozas del pueblo en el bailar y su nulidad como modistillas: Las muchachas de Porzuna son pocas y bailan bien. Pero tocante a la aguja ninguna sabe coser. Y por supuesto, como santacruceño no puedo dejar de recordar ese cantarcillo que nos sacaron a los del pueblo, y que dice: Santa Cruz de Mudela múdate al Viso, que quien te puso Mudela mudarte quiso. Claro, que luego bien nos vengamos nosotros con un cantar repleto de gracia manchega, que un día nos enseñó Ángel Bravo en la biblioteca, el cual dice así: Vale más Monteagudo y sus "redores" que la plaza de Almagro con sus balcones.
Dentro del mundo ferroviario, algunos cantares citan las estaciones, como los que existen de Valdepeñas o Puertollano. Pero uno muy conocido y que me gusta bastante, sobre todo porque hace referencia a los trenes ascendentes que pasaban por nuestro pueblo camino de la capital, es el que dice Santa Cruz de Mudela cómo reluces cuando suben y bajan los Andaluces. Sin embargo, el grueso de estos cantares tiene que ver con el ferrocarril de Valdepeñas a Puertollano, el ya comentado Trenillo. Existen un montón de coplas y dichos sobre este medio de transporte, de los cuales he elegido estos cuatro, que espero disfrutéis: El Moral ya no es Moral, que es un segundo Madrid. ¿Quién ha visto en el Moral correr el ferrocarril? El trenillo del Moral no puede llevar tres coches, se asusta de las olivas y descarrilan los coches. Con el aire que llevan las moraleñas derriban el trenillo de Valdepeñas. El trenillo del Moral lo derribaron de un soplo y las muchachas decían: que nos traigan pronto otro.
Voy a terminar el artículo con algunos cantares sobre la belleza de las mozas del lugar, que de éstos siempre hubo buenos ejemplos. No es por hacer un ejercicio chovinista del pueblo donde vivo, pero sobre la guapura de las santacruceñas hay multitud de coplas. Sirvan de ejemplo estas dos: En Manzanares manzanas, en la Membrilla membrillos, en Santa Cruz buenas mozas y en Valdepeñas buen vino. Santa Cruz de Mudela tiene la fama de las mejores mozas que hay en La Mancha. En cualquier caso casi todos los pueblos tienen su cantar elegíaco, el cual suele situar a las mujeres del término municipal como las más bellas del entorno, aunque a veces el mensaje no quede tan claro... En Valdepeñas madre las hay hermosas. Las tinajas del vino, también las mozas. 
Es cierto que estas coplas muchas veces son más anecdóticas que otra cosa; también es verdad que no suelen ofrecer información abundante. Pero nos ayudan a entender un poco la sociedad del momento, los monumentos (muchos de ellos citados en estas coplas), el desarrollo de la vida, etc. En definitiva, son un legado social único e irrepetible que hay que atesorar como un bien inmaterial, un ejemplo de cultura popular que demuestra de dónde venimos y por qué somos como somos (no en vano las gracias de Mota o de la Muchachada tienen que tener su origen en algún sitio). No sé si alguna vez estos cantares se perderán en la vorágine de lo inmediato que es el siglo XXI. Tal vez ya han comenzado a olvidarse, sepultados por enormes cantidades de datos innecesarios que vamos acumulando en nuestra mente. Pero a mí siempre me resulta muy grato encontrarme con alguna persona que los recuerda y que incluso me recita alguno que no conocía. Espero que la racha continúe.

domingo, 7 de octubre de 2012

Una reina es una reina es una...

Seguramente no hay una época más interesante dentro de la historia contemporánea de España que la de Isabel II. Bueno, la de Fernando VII tampoco está mal, es cierto, pero la cantidad y profundidad de las reformas que se llevaron a cabo desde 1843 a 1868 convierten este lapso de tiempo en fundamental para nuestro país (para lo bueno y para lo malo, en esa eterna dualidad que enmarca todas las empresas que se han puesto en marcha en la Península Ibérica, donde mejor que en ningún otro lado se pone de manifiesto que a toda fuerza positiva se le contrapone otra igual en el sentido contrario... A veces incluso dominante).
Reconozco que he leído mucha bibliografía sobre el particular, pero uno de los libros más deliciosos que me he echado al coleto es el de Cortés Cavanillas, publicado en 1961. Curiosamente la monografía es sobre Alfonso XII y no sobre su madre, pero el libro incluye jugosas anécdotas sobre el reinado de Isabel que, además, están contadas con cierta gracia. No voy a extenderme sobre las mismas, pero la que más me gusta es una que hace referencia a la supuesta homosexualidad de Francisco de Asís, el rey regente. Según cuenta el libro, Isabel contó a sus allegados (ya sabéis que la reina se rodeaba de una camarilla en la que el mérito principal era ser milagrera, confesor o pisaverde) que en la noche de bodas se llevó una sorpresa morrocotuda cuando comprobó que el rey llevaba sobre su cuerpo más puntillas que ella misma. Si tenéis oportunidad de leerlo, no lo dudéis. Es un libro muy afín a los Borbones, que ensalza todos y cada uno de los actos de Alfonso, pero es de lectura amena.
Retomando la cuestión de la entrada, y siendo este blog referido a los caminos de hierro, la época de Isabel es la del tren, la de la primera ley de ferrocarriles, la de la expansión por la Península de los primeros raíles, la de las primeras decepciones, la de los primeros trayectos y los primeros vacíos, la de los primeros proyectos que se quedaron en el papel, la de los primeros yerros... Una época de trenes, que huele a carbón y vapor, que tiene el color del gris del balasto y del pardo amarillento de la creosota de las traviesas de roble. Y fue durante el gobierno largo de Unión Liberal (una vez apagados los fuegos del Bienio progresista y en plena vorágine constructora) cuando la reina decidió hacer una visita a Santa Cruz de Mudela, utilizando el tren para ello. El asunto está narrado en un montón de relatos decimonónicos, aunque el que más me gusta es el de Cos-Gayón, pues en él se describen las poblaciones que se visitan, las gentes que acuden a ver a Isabel, etc. Y os puedo asegurar que las autoridades locales se tomaron el asunto con gran interés, habida cuenta de que se gastaron siete mil reales para engalanar la villa con arcos florales, globos, vasos de colores, bengalas en el paseo de la estación, etc. Se trataba de recibir a la máxima autoridad de España con honores y devoción, aunque el pueblo que admiraba los ropajes, los carruajes y el trasiego de la comitiva real, ese día, tal vez no tuviera ni para comer. Quizá por eso y por acallar algunas conciencias, era usual repartir limosnas en las villas que se visitaban. En Santa Cruz se dieron 20 000 reales para pobres y 2000 para la parroquia, lo que evidencia dos cosas, una evidente (la religión poseía un poder intocado en la época de Isabel) y otra derivada (las familias menesterosas de la población eran muy numerosas; esto último lo podemos deducir porque de los 54 000 reales que se repartieron entre Alcázar, Manzanares, Valdepeñas, Viso del Marqués y Santa Cruz, el 37 por ciento de esa cantidad se destinó a la población santacruceña, lo que implica que en ese momento la situación no era muy halagüeña, y desde luego que era así: epidemias, sequía, esterilidad en los campos, etc.).
El alojamiento real se ubicó en la casa de los Barnuevo, que estaba en la plaza (y que en la localidad fue siempre conocida como de la Chirona). Y según cuentan los viejos del lugar (y los que no lo son tanto) la habitación donde durmió Isabel quedó bautizada, desde entonces, como la de la reina. Lo que nos habla del impacto que estos viajes provocaban en pequeños municipios como el de Santa Cruz, los cuales rompían la dinámica recurrente de trabajo de sol a sol, calles embarradas y sucias, paredes encaladas, niños descalzos, viáticos apresurados en mitad de la noche... 
Curiosamente el nieto de Isabel, Alfonso XIII, también viajó mucho a Santa Cruz. Pero bien porque la época era la del siglo XX, bien porque los viajes fueran más discretos y con una finalidad tan mundana como la de la caza, lo cierto es que no tuvieron tanto impacto... Pero para desgranarlos habrá que esperar a otra ocasión, es lo que tiene no querer convertirse en cansino. Así que, hasta la próxima ocasión.

 

lunes, 24 de septiembre de 2012

Una propuesta para leer...

Desde 1855 la idea de llevar el tren hasta el campo de Montiel había sido expresada como pieza fundamental para la creación de un pasillo transversal que comunicase las líneas del Mediodía y la del Levante, permitiendo así una correcta vertebración del espacio nacional en general y del manchego en particular. La ley de junio de ese mismo año, que se convirtió en General de los Ferrocarriles españoles (la primera que tuvimos, tan poco propicia como el resto) contemplaba la conformación de los caminos de hierro en una doble vertiente, desde Madrid hacia el Mediodía (pasando por donde actualmente lo hace y tomando Manzanares como nodo de comunicación, puesto que en esta ciudad se desviaba un ramal hacia Ciudad Real y, desde allí, hasta Portugal) y desde la línea de Levante hasta Santa Cruz de Mudela. Pero en este caso, como en otros muchos, el proyecto no pasó de los papeles, y durmió el sueño de los justos.
La llegada a Infantes se prolongaba, pasaban los años y no se hacía nada. Ni siquiera tras el bum de los ferrocarriles españoles (que duró, mutatis mutandis, hasta 1866 (con una segunda oleada de caminos de hierro hacia finales del XIX)) se logró que el campo de Montiel tuviera una comunicación férrea con alguna de las líneas que lo circundaban. Quizá el intento más serio fue el de conectar la ciudad infanteña con el Manzanares-Córdoba, a la altura de Valdepeñas. El proyecto, que contemplaba la prolongación de ese futuro ferrocarril hacia Alcaraz y, desde allí, hasta Albacete, fue declarado de interés general para la nación, y sus 87 kilómetros se consideraron como estratégicos para el futuro de los caminos de hierro españoles. A partir de 1907 se fueron intensificando las tareas para sacar adelante el trayecto, se creó incluso una compañía (la Valdepeñas-Albacete), se emitieron varias acciones para sufragar los gastos de construcción y se comenzó la explanación entre la ciudad del vino y Pozo de la Serna. Pero ahí terminó esta aventura, y aunque vivió episodios de revitalización (como los protagonizados por D. Abelardo Puebla, alcalde de Valdepeñas en los años 20 del siglo pasado) no llegó jamás a verse  realizada.
En 1919 se realizó otro intento para llevar el tren hasta Infantes, recuperando la idea de 1855 de tomar a Santa Cruz como villa de empalme con la línea de Andalucía. El proyecto, completo, elaborado y muy interesante, ha sido estudiado por quien les escribe, y ha sido presentado en el VI congreso internacional de historia ferroviaria, celebrado a principios de septiembre en Vitoria. Lamentablemente no pude asistir debido a unos problemas de índole personal, pero si queréis saber qué ocurrió con ese malogrado trayecto os invito a que leáis la comunicación que redacté, que podéis encontrar en la página Web del congreso: http://www.docutren.com/congreso_vitoria/propuestas/propuesta7.html#7c.9. Si tenéis problemas para descargarla contactar conmigo y yo, solícito, os la reenvío.
Pues nada, os dejo lectura para que os ilustréis, acompañada de un fragmento de los muelles cubiertos que se proyectaron para esta línea férrea. Espero que os guste.



 

viernes, 14 de septiembre de 2012

De cómo las cosas, a veces, circulan por raíles insospechados

Allí estaba la señora, frente a una de las muchas cámaras que han acudido a su domicilio particular a grabarla, a enseñarnos su rostro, a señalarnos a la autora de la infamia. La mujer podría haberse negado a abrir la puerta de su casa y haber mandado a los periodistas (numerosos, desde luego) mismamente a donde fue el carro el cojo, pero imagino que la buena educación y el hecho de no saber que iba a ser crucificada le impidieron hacer uso de tan sacro derecho. El rostro, ajado por los años y adornado con unas antiparras grandes, de esas que harían las delicias de un gafapástico, expresaba una angustia y un pesar auténticos, genuinos. Las manos no las recogía el cameraman, ocupado en filmar hasta el último detalle del rostro culpable, pero estoy seguro que se estrujaban de pura desesperación, enredadas tal vez en la blusa o en un mandil de medio cuerpo, vaya usted a saber. La anciana estaba acompañada, en todo momento, por una amiga, por una de ésas que nunca te van a dejar sola (y menos el día en que unos de la tele asoman el hocico por tu casa). La colega asentía con énfasis tras las frases de la artista reprendida, que se intentaba defender como gato panza arriba de las acusaciones vertidas en su contra.
El asunto, desde luego, parecía grave. Un retrato del Ecce Homo pintado hace unos cien años había sido restaurado por la señora Cecilia con tal mala praxis y técnica que se había convertido en una caricatura siniestra y simiesca del anterior modelo. El rostro primigenio, que miraba hacia arriba con ojos contemplativos, no era una obra maestra, eso está claro, pero era identificable como un icono religioso. La corona de espinas estaba en su sitio, el sayo de tela basta daba a la figura del Cristo recién castigado una humanidad casi dolorosa y su posición en las cercanías del altar le proporcionaba un lugar de privilegio para mirar hacia la concurrencia y para que ésta lo mirase. Sin embargo el paso del tiempo no perdona. Ya escribió Cervantes en el XVII, mucho antes de que todo esto ocurriese, que no hay memoria a quien el tiempo no acabe ni dolor que muerte no le consuma. Y en efecto, las humedades, cambios de temperatura y otros agentes perniciosos fueron deteriorando la figura del Ecce Homo. Cecilia, con más buena intención que pericia, decidió que ya estaba bien de esas manchas blancuzcas tan horribles, y se aplicó a la tarea de restaurar el rostro de Cristo. La cosa no nos debe extrañar, porque esta mujer ya había repintado el sayo en otras ocasiones, contando para ello con la aquiescencia de las autoridades, tanto las eclesiásticas como las terrenales. Por eso no extrañó que, pinceles en mano, nuestra artista se remangase y se pusiera manos a la obra, pariendo un engendro amorfo y sin definición el cual, no obstante, ha permitido al pueblo de Borja posicionarse en el mapa de España, acoger a numerosísimos turistas amantes de lo kitsch y del cutrerío que han ido a fotografiarse con el Ecce mono y consolar a los directores de informativos, que han podido rellenar el verano con el affaire Cecilia.
Sinceramente, me apena el total abandono que esta mujer ha experimentado, y me aterra la crucifixión que ha sufrido la pintora. Sí, ya sé que no debería haberse metido a mayores con una pintura que se encontraba en la iglesia local y que no le pertenecía, pero su acto no se cometió con nocturnidad ni alevosía, sino a plena luz del día y con conocimiento de los que mandan, que son precisamente los que ahora callan, se van por la tangente y lanzan los balones fuera, hacia el campo de Cecilia, que no pudiendo soportar la presión cedió a ella y tuvo que ser hospitalizada presa de un ataque de ansiedad, pues ya se hablaba de denuncias, multas y cárceles (y ya nos contó Padre de familia qué ocurre dentro de las celdas con el jabón). El acto de Cecilia es el de otras muchas mujeres que han retocado y restaurado por su cuenta y riesgo otras figuras de la devoción popular. Y no lo digo por decir, lo afirmo con conocimiento de causa. Que el hecho haya trascendido como lo ha hecho no implica que otros muchos casos parecidos no se hayan producido, y lo seguirán haciendo mientras el cuidado y atención de muchos templos recaiga sobre la feligresía, ya que la administración, esa que tan plácidamente ahora nos ofrece explicaciones sesudas, cabecea con condescendencia insultante y se desmarca de cualquier responsabilidad, esa misma administración que debe proteger el patrimonio, prefiera gastar el dinero en saraos, edificios ominosos que se cierran tras la inauguración y asesores políticos que acosejan y escriben todo lo que el político debe decir, no dejando asunto alguno al albur. 
Esa administración que ahora manda técnicos restauradores a toro pasado es la que debería encargarse de que el patrimonio local, comarcal, provincial, regional o nacional no se pierda como lo está haciendo. Es insoportable que ahora los responsables de asegurar la pervivencia de los bienes muebles e inmuebles salgan frente a las cámaras a esgrimir sus razones, a darse pisto y a contarnos que van a hacer todo lo posible por arreglar el Ecce Homo de Borja. Y sin embargo, olvidadizos ellos, y desde luego con poca valentía, no son capaces de subir al estrado y asumir que sí, que el hecho se produjo por la desidia y dejadez de los representantes del pueblo, que el patrimonio les importa básicamente nada, y que tras el revuelo y la desaparición de las cámaras, periodistas y curiosos el asunto va a seguir discurriendo por los raíles que suele, es decir, poco dinero para la cultura, el arte y el patrimonio, que además se verán recortados porque somos unos manirrotos que no sabemos administrarnos. Y por cierto, ¿cuántas agresiones ha sufrido el mundo ferroviario y cuántas de ellas han salido en prime time? ¿Cuántos gañanes han puesto su nombre en las fachadas de una estación y no han sido entrevistados en los telediarios? ¿Cuántos edificios han desaparecido sin que la gente lo sepa? 
No sé cómo estará ahora mismo Cecilia. Espero que se haya recuperado y que los familiares del artista que pintó al Ecce Homo de Borja reconsideren su posición y dirijan sus iras contra los verdaderos culpables de este desaguisado. De lo que estoy seguro es de una cosa: Marcel Duchamp hubiera estado muy orgulloso de Cecilia, porque su obra es lo más Dadaísta que he visto hace mucho. Es el mejor ready made desde el de la Gioconda. Vamos, que si afino el oído puedo escuchar al autor de la Fuente descorchando champán, vino o lo que sea que beban los artistas malditos...



domingo, 26 de agosto de 2012

Tadeo (con dos) Jones

El 31 de agosto se estrena en España Tadeo Jones (en 2 y 3D, of course). Ya he visto el tráiler en la tele (aquí tenéis la Web oficial: http://www.tadeojones.com/) y he podido disfrutar de un corto bastante divertido sobre la mano de Nefertiti, que imagino se podrá ver antes de la película en sí, a modo de aperitivo. La cinta, en principio, tiene buena pinta, aunque también la tenía Planet 51 y luego fue una auténtica cagada de refritos, poco humor, nula inspiración y, sobre todo, demasiado previsible. En cualquier caso, y como sé que otros mucho más expertos que yo en la materia dirán lo que deban sobre Tadeo Jones (que es como decir que Roselino, seguramente, pondrá algún artículo o comentario en el que desmenuzará concienzudamente la cinta), creo que me voy a dedicar a uno de mis deportes favoritos, es decir, el tema elegido por los guionistas: la arqueología.
El 30 de julio volví a coger el pico, la esportilla, el aciche y el paletín con motivo del X curso de arqueología de campo que organiza Orisos (y en el que colaboran la UNED de Valdepeñas y el Ayuntamiento local). Allí estuvimos, hasta el 10 de agosto, unos cuantos enamorados del mundo ibérico y del Cerro de las Cabezas. En esos días fuimos retirando los estratos de los cortes asignados, siguiendo el método Harris y poniendo cuidado en no mezclarlos, romperlos o confundirlos, para lo cual contamos con la supervisión de Tomás y Julián, que en estos días se multiplicaron para atender a los tres grupos. El curso estuvo bastante bien, y aunque el objetivo del mismo era la comprensión teórica y práctica de la estratigrafía, también tuvimos oportunidad de poder exhumar distintas piezas cerámicas de todo tipo (cocina, estampilladas, grises, etc.), un suelo cenizoso sobre el que aparecieron algunos objetos de interés, un fragmento de pasta vítrea... Fueron dos semanas intensas pero bien aprovechadas, en las que de nuevo tuvimos la oportunidad de entrar en contacto con la arqueología bien hecha y con las características intrínsecas de esta ciencia que todavía tiene mucho que enseñarnos. Y me refiero, lógicamente, a la verdadera arqueología, a la que se hace como norma general, a la que huye de la búsqueda del tesoro, a la que intenta comprender la sociedad del pasado atendiendo a la generalidad de una excavación y no la que se limita a recoger una pieza soberbia, musealizarla y exhibirla en un lugar convenientemente iluminado, salir en los periódicos rodeados de cámaras, micrófonos y flashes y luego si te he visto no me acuerdo...
Me parece bien que se hagan películas como la de Tadeo Jones, pero me temo que la cinta va a ser un remedo de la saga de Indiana, quizá con más humor o con una visión más festiva y destinada a todos los públicos, pero remedo al fin y al cabo. Los que me conocen saben de mi aversión al ínclito profesor Jones, cuyas películas me parecen una burla despiadada a los que trabajan en la arqueología. No voy a negar que algunos profesionales eméritos y famosos (y yo los he sufrido en mis propias carnes) han pretendido seguir una tercera vía entre la espectacularidad del látigo de Jones y la sobriedad de los buenos técnicos arqueólogos, pero no es lo habitual. Hay que soportar calor, incomodidades, suspicacias, envidias, puñaladas traperas y un montón de sinsabores para llevar a cabo una excavación. Y si a ello sumamos la actual situación económica podréis entender que ahora mismo los yacimientos en España (al menos los de esta región castellanomanchega) están desatendidos por falta de recursos. Y mira que hay profesionales buenos, maravillosos, que planifican una excavación atendiendo a todos y cada uno de los detalles que hay que tener en cuenta. Pero desgraciadamente y a causa de los malentendidos y medias lecturas que se hacen de la arqueología, la gente todavía piensa que uno va al corte ataviado con un sombrero de cuero, botas de cowboy (las espuelas son opcionales), chaleco ajustado a unos pectorales anormalmente inflados y un látigo colgando del pantalón (el cual, a pesar del polvo y de la suciedad siempre va impolutamente limpio y planchado).
Quizá de toda esta situación no solamente sea culpable el maldito profesor Jones, seguramente los propios arqueólogos tienen parte de culpa por no haber cortado la Castellana con cada estreno mundial y, al estilo de los mineros en Madrid, liarla parda y protestar por la visión sesgada, maniquea y gratuita que se da de la ciencia arqueológica en las películas de Indy. Es frustrante ver cómo este supuesto profesor universitario llega a un sitio, paraliza a todo el mundo con su encanto tipo splendid isole, descubre un objeto que llevaba desaparecido desde el año del hambre y, ni corto ni perezoso, se lo lleva consigo a su patria natal donde, triunfante, lo exhibirá para contento de los aburguesados, que cabecearán comprensivos cuando Jones, con su proverbial labia, explique cómo ha quitado este preciado objeto a una panda de ígnaros, bárbaros y analfabetos que no sabían que poseían un tesoro entre sus manos... Y bueno, si lo sabían peor para ellos, que se hubieran preocupado por aprender inglés para explicarse, que uno no puede aprenderse todas las lenguas del mundo... 
No creo que vaya a ver Tadeo Jones, aunque lo mismo hago el esfuerzo (como hice con las películas de Indiana) y disfruto de la animación, las bromas y los gags. Eso sí, tendré que abstraerme y pensar que, en lugar de la arqueología, estoy viendo a un albañil (la verdad es que los guionistas podían haber elegido otro tipo de profesional, que no está el ladrillo como para hacer mofa del mismo) que descubre un tesoro en su cuarto trastero. Porque la otra opción es blasfemar en buen castellano en el cine, y uno tiene ya demasiados años para ello. 


sábado, 4 de agosto de 2012

Yerro y arqueología

Excavar en el  Cerro de las Cabezas tiene muchas ventajas. Conoces a un montón de personas que tienen las mismas inquietudes que tú, aprendes de los mejores arqueólogos de Ciudad Real, encuentras restos del pasado que, perezosos, van saliendo a la luz, compartes conversaciones, sudor y esfuerzo con compañeros/as a los que llegas a apreciar de verdad, haces un poco de ejercicio gracias al pico, las carretillas, las esportillas y las legonas... Y además, te encuentras en el mejor sitio para ver pasar los trenes. Ya sé que el yacimiento es una maravilla y que sus características lo hacen único (14 hectáreas, cronología desde el VIII-II a.C., incontaminado por otras culturas, centro difusor de cerámica estampillada, y así un largo etcétera)... Pero para mí es un enorme placer poder levantar la vista del corte que en ese momento estás excavando y ver circular un mercancías, o el media distancia que hace el trayecto entre Jaén y Madrid. El sonido llega nítido, sobre todo el de las máquinas diésel, y como quiera que la llanura manchega permite enormes rectas el visionado de estos trenes se realiza en condiciones perfectas.
Además, me temo que no soy el único que durante la jornada de excavación levanta la vista para contemplar a estos monstruos de metal. Otros compañeros/as también lo han hecho, muchas veces, y el resultado siempre es el mismo: comienzas a mirar hacia un extremo de la vía y vas desplazando, lentamente, tu  cabeza hacia el otro lado, sin perder detalle de los vagones, de su color, de la composición del tren, de su velocidad, su sonido (que a veces se mezcla con el ruido infernal de la autovía)... Y una vez que el último vagón ha franqueado el puente que se encuentra al lado del de San Miguel vuelves a coger el astil de madera del pico y a seguir hundiéndolo en la tierra, que después de tres o cuatro días de intenso trabajo está más dúctil, más húmeda, menos compactada. Sí, es cierto, este año en el corte apenas nos está saliendo cerámica (algunos buenos fragmentos de la gris, que es muy bonita), pero a huesos no nos gana nadie, creo que hemos desenterrado ya medio rebaño.
El curso de este año es de reencuentros, de viejos y nuevos amigos y de experiencia, mucha experiencia. La crisis afecta, sobre todo, al mundo de la cultura, del patrimonio, de la educación, de la sanidad... Y a la arqueología, ya lo creo. El yacimiento lleva dos años sin campaña de excavación, y Orisos (que es quien organiza el curso) junto con el Ayuntamiento de Valdepeñas y la UNED decidió seguir programándolo. El año pasado se llevó a cabo, y este año también, a pesar de cómo está la situación. Me alegro de que la directiva de la asociación haya apostado por la continuidad, habla a las claras del compromiso de todas estas personas con la cultura y con la defensa del patrimonio local y comarcal.
Como este año somos pocos nos hemos dividido en tres grupos, bien avenidos y repartidos. Conmigo y como podéis ver en la foto que amablemente nos hizo Tomás Torres (seguramente el mejor arqueólogo que conozco (con el permiso de Julián y Javier)) está Tonka, Llanos y Juanma, tres maravillosas personas con las que trabajar, bromear y profundizar en el mundo arqueológico. Tal vez estéis pensando que estaríamos mejor en el salón de casa, a la sombra, viendo en la tele un documental de cómo se excava; que nos encontraríamos mucho mejor con una bebida fresca en las manos, en lugar de estar picando y levantando polvo a 38 grados centígrados; que por las tardes la siesta es sagrada y no la deberíamos cambiar por limpiar cerámica o escuchar charlas sobre estratigrafía... Pero es que la tierra roja del Cerro tira mucho, y si además los de Orisos tienen la enorme deferencia de contar contigo es porque, verdaderamente, este año había que estar allí, en la ladera, picando, rascando y perfilando. Y, por supuesto, contemplando el discurrir de los trenes por la llanura manchega, al lado del Jabalón. Menudo lujo de campaña, ya os lo digo yo.



lunes, 16 de julio de 2012

Otro 18 de julio se avecina...

 No, no me entendáis mal, no me refiero a que la situación en este país es tan mala que podría ocurrir un nuevo golpe de estado y liarse pardísima otra vez, me refiero a que el miércoles es mi aniversario. Hasta ahí todo normal, me diréis. Es algo que, por regla general, hacemos todos los humanos (excepto algunos conocidos que prefieren conservar para sí su edad y siempre cumplen, ¡oh misterio insondable!, 43 años). El problema es que, además de que uno va pisando las inseguras tablas que cercan la fortaleza de los cuarenta, la fecha no es del todo amable. Algunos nacen el 25 de diciembre, o el 24, y todos coinciden en resaltar lo significativo del evento; otros han venido al mundo en fechas que marcan inicios de equinoccios, solsticios, días de la hispanidad o celebraciones varias...
...Y otros hemos nacido el 18 de julio. He ahí el motivo, el dilema, mi gran preocupación, mi marca negra e indeleble. Para un historiador la fecha resuena como una lúgubre campana en el interior del cuerpo, porque ese infausto día tres generales del ejército español (Franco, Goded y Mola) decidieron levantarse contra el gobierno legítimo de su patria y llevar a cabo un golpe de estado que se extendió a lo largo de tres años, en una guerra sin sentido que arruinó al país y cercenó las pocas esperanzas de libertad, igualdad, educación y modernidad que a la II República le quedaban. 18 de julio, día del Alzamiento nacional, anteriormente fecha de celebración (que ya me diréis qué demonios podía celebrarse: ¿la masacre de inocentes? ¿El comienzo de una guerra? ¿La destrucción de la industria nacional? ¿Los penosos años de autarquía paupérrima y de aislamiento internacional?). Y yo, incauto de mí, fui a nacer en tamaña fecha, que tantos regustos amargos me provoca. Pensaréis que la cosa no es para tanto, caramba, que debería hacer un esfuerzo por entresacar lo positivo del día y exorcizar al demonio funesto, al demonio sangriento y vil que me amarga la tarta de cumpleaños... Pero es complicado hacerlo cuando uno se pone a pensar en lo que inició esa fecha, en lo que supuso para los sufridos españoles de aquella época, en la violencia desatada en los dos bandos, en las venganzas y las deudas de sangre... Y sobre todo en la brutal y carbonizadora represión, en la justicia al revés (es decir, calificar de levantados contra la legalidad a quienes defendieron el gobierno legítimo de España), en la amenazadora sombra de la desafección... Hay tanto sufrimiento provocado por el 18 de julio, tantas voces exclaman su inocencia desde una cuneta o desde un panteón, desde una fosa común o desde las raíces de un olmo, que no puedo concentrarme en los fastos que todo cumpleaños lleva parejos.
Además de las cuestiones históricas existen otros motivos, algunos añejos ya, para que la fecha de mi cumpleaños sea algo secundario. Por ejemplo, el hecho de cumplir años en verano es una pesada carga cuando estás en primaria, porque nunca puedes llevar caramelos y adquirir cierto protagonismo, pasajero bien es cierto, pero protagonismo al fin y al cabo. Si me apuráis, el asunto se parece mucho a las compañías ferroviarias privadas o de pequeño tamaño: son muy recordadas en su área de influencia, en la zona en la que desarrollaron su tarea, pero se pierden en el miasma de la gran historia del ferrocarril español. Pues con los cumpleaños en verano ocurre lo mismo, que los recuerdan tus familiares y amigos (ahora también los agregados al feisbuk), pero nunca podrás decir que una vez toda la clase celebró tu aniversario con canciones moñas.
Luego, cuando uno crece, es más factible correrse una juerga con los amigos en el parque municipal para celebrar el acontecimiento, pero dio la casualidad de que esa fecha siempre coincidía con mi estancia lejos del hogar, estancia no de plaisir, que dicen los franceses, sino para trabajar de ferias (ahora no recuerdo si nos pillaba en La Roda o en Toledo, pero desde luego no en Santa Cruz). Para cuando se terminó el asunto de la venta ambulante comenzaron otros acontecimientos que sepultaron el hecho del cumpleaños en lo más hondo de las celebraciones: bodas y muertes de familiares, la mili en Canarias, y así un largo etcétera con el que no os aburriré. Tal vez por todo ello no me guste celebrar el cumpleaños, y procuro estar siempre lejos de casa ese día, seguramente como remembranza de otras estancias en tierras lejanas coincidentes con mi onomástica. Pero el motivo principal es el maldito 18 de julio. 
Era viernes, o al menos eso dice internet, y también sé, por lo que me han contado, que la feria de Santa Cruz se celebraba por aquél entonces. De hecho, el 18 era la apertura de la fiesta, con fuegos artificiales y todo eso (obvia decir que mi nacimiento impidió a mis progenitores contemplar tamaño espectáculo, y de paso también a mi tío Pepe, que fue quien llevó a mis padres al hospital de Valdepeñas). Curiosamente ese 18 de julio fue el último que se celebró bajo la mirada de Franco, ya que el dictador murió ese mismo año, un 20 de noviembre. Ya sé que el hecho tendría que alegrar un poco los regustos amargos que me provoca pensar en el alzamiento nacional, pero ni así lo consigo. Supongo que será una carga que habré de llevar toda la vida, igual que las compañías ferroviarias de ámbito comarcal o provincial siempre supieron que su ámbito de acción no rebasaría su territorio. En fin, no le daré más vueltas: cumplo años de nuevo, y otra vez en 18 de julio, qué le vamos a hacer.
Por cierto, hablando de trenes, hace tiempo que no me asomo al blog con una buena historia sobre el particular. Me la reservo para la próxima semana. Será mi regalo de cumpleaños.


sábado, 7 de julio de 2012

El eterno retorno

Resulta curiosa la manía que tiene la vida de demostrarnos que todo está enlazado y que las casualidades ocurren, sólo que no sabemos si fortuitamente o con intención. Veréis, la semana pasada escribí un artículo sobre una calle de Santa Cruz llamada La roja, artículo que apareció en el Jaraíz del 29 de junio. Pues bien, un amigo del feisbuk puso una foto de esa misma calle, la relacionó con el fútbol, una cosa llevó a la otra, comenzaron los comentarios... Y ahora ya estamos y todo por el latín. Resulta curioso, la verdad, cómo las redes sociales permiten este tipo de interacciones, sobre todo porque mis comentarios (al menos los iniciales) no tenían ninguna intención de adoctrinar, simplemente recordar la historia de esa vía pública y la necesidad de que no confundiéramos el culo con las témporas. En fin, que os dejo el artículo que salió en el citado Jaraíz, así os enteráis de dónde viene el famoso nombre de La roja. Saludos.

 
Capítulo CLXV: Pigs, rojas y cintas de vídeo
En 1989 Steven Soderbergh dirigió una maravillosa película llamada Sex, lies and videotapes que desde entonces quedó etiquetada como una cinta de culto que había que ver (y qué razón tenían, por cierto, los críticos que la recomendaban). Por descontado, no faltaron quienes abominaron de ella, pero los elogios fueron mayoritarios, incluidos los de la estirada Cannes, que premió el film con la palma de oro y el reconocimiento de James Spader como mejor actor.
En 1948 el ayuntamiento de Santa Cruz de Mudela realizó un cambio de nombre en el viario local. Resulta que en la localidad existía (aún existe, por fortuna) una calle llamada La roja. El nombre venía de antiguo, por lo menos desde el siglo XIX, por lo que no tenía ninguna connotación política. Todo parece indicar que en esa vía urbana vivió una mujer pelirroja que terminó dando nombre a la calle. Pero las conciencias nacionales de los dirigentes de entonces vieron oportuno rebautizarla como calle José Antonio (para contrarrestar algo tan grave como La roja tenía que ser con la muestra).
También en 1948 la situación en la España de posguerra parecía a punto de cambiar. Hacía tres años que la II Guerra Mundial había terminado, clausurando con ello (herida cerrada en falso, eso sí) los episodios del fascismo y del nazismo. Franco había iniciado, desde 1943, un repliegue hacia posiciones más neutrales (desde la no beligerancia a la neutralidad; para ello mandó retirar la División Azul ideada por Serrano Suñer y por Muñoz Grandes, como ya contamos aquí en otra ocasión). El ascenso de Truman a la presidencia de EE.UU. y su implacable política con la URSS jugaron a favor del régimen franquista al trasladarse el polo de atención de los Estados occidentales hacia los países comunistas del Este de Europa. Comenzaba la llamada Guerra fría y Franco, que era un convencido enemigo de todo lo que oliera al azufre comunista, aprovechó el momento. El boicot internacional al régimen se fue debilitando, abriéndose de nuevo la frontera francesa precisamente en 1948 y levantando la ONU, en 1950, el veto que había impuesto contra España. Finalmente, en 1953 se produjo el reconocimiento internacional del Estado franquista con la firma del Concordato con el Vaticano y con las negociaciones bilaterales España–EE.UU. en el Pacto de Madrid. Todo ello permitió que España ingresara en la UNESCO para desesperación de los demócratas de nuestro país.
En 2004 los griegos, contra todo pronóstico, se hicieron con el título de campeones de Europa. Con un fútbol rácano y cicatero, los helenos conquistaron un trofeo ante los portugueses y, precisamente, en tierras lusitanas. Parecía entonces que se iniciaba una época extraña en el balompié, que los italianos se encargaron de finiquitar en 2006 con su victoria ante los franceses (los mismos que nos bailaron el agua en octavos y que callaron la boca a algunos periodistas españoles que, ufanos, decían que íbamos a jubilar a Zidane). En cualquier caso, los portugueses quedaron cuartos, lo que indicaba cierta tendencia ibérica a quedar bien en los eventos deportivos.
Para 2008 y con un fútbol exquisito la Roja (no la de la calle santacruceña, que es la original, sino la selección española, llamada así en un alarde de originalidad porque viste, efectivamente, de rojo), se hizo con el título de campeona de Europa, en unos cuartos de final memorables contra Italia y en un partido contra los teutones épico. La racha siguió en 2010, esta vez ante los holandeses. El mundial lo ganamos con más apuros, con algunas críticas al juego de la selección, pero con un espíritu vencedor que permitió soslayar las coces de los oranges, convertidas en una especie de justicia histórica por las barrabasadas que el amigo D. Fernando Álvarez de Toledo, el tercer Duque de Alba, les hizo a sus antepasados en el siglo XVI, ya saben, aquello de entrar a fuego y hierro en los hogares de las Provincias Unidas.
Y este 2012, de momento, seguimos con buen pie. Cuando ustedes lean esto Portugal y España se habrán enfrentado entre sí, lo que produce una especie de paradoja ciertamente curiosa. Verán, de los cuatro países que los norteños, unos cachondos ellos, llaman PIGS (Portugal, Irlanda, Grecia y Spain), dos están en semifinales y otro ha llegado a cuartos. Bien es cierto que nuestra selección, la Roja (no la de Santa Cruz, ya saben) no está jugando como acostumbra y que ya nos conocen y nos ponen trampas, pero de momento vamos salvando los escollos. No sé si España ganará la Eurocopa, pero desde luego en otros aspectos somos los campeones, sin paliativos, de la Europoca: pocas expectativas de crear empleo, poca iniciativa gubernamental por crecer (y mucha por recortar), poca vergüenza torera para admitir los errores y dimitir, pocas verdades, poco interés por la educación y la sanidad... Sinceramente, cambiaba ahora mismo los trofeos de las vitrinas por una mejora sustancial de la prima de riesgo esa, de la tasa de paro, de los índices de pobreza o de las aulas con 42 alumnos. Parca y magra alegría resultará otro título deportivo si el asunto sigue tan tenebroso y oscuro como hasta ahora, dando la sensación, de nuevo, de encontrarnos ante el enésimo episodio del Panem et circenses. En cualquier caso, les reconozco que estoy orgulloso de La roja. Pero de la de Santa Cruz, obviamente. Hasta la próxima. 


martes, 26 de junio de 2012

Todos contra el yerro

Era una maravillosa tarde de marzo, de éstas que languidecen como un bostezo y se estiran hasta lo imposible. De entre las muchas posibilidades que ofrecía la capital (museos, archivos, paseo por el Retiro, compra de libros...) elegí una que siempre me depara sorpresas: la visita a la Biblioteca Nacional. Tras un refrigerio rápido enfrente del magno edificio que atesora gran parte de la cultura y la lengua de nuestro país (edificio que va necesitando de una buena limpieza, todo hay que decirlo) subí las escaleras de un tirón, lo cual no es sencillo debido a la enorme sombra cultural que proyectan las estatuas de Cervantes, Alfonso X o Lope de Vega, por poner algunos ejemplos. Tras pasar el pertinaz control y obtener mi pegatina verde de lector (otros días son rojas) dejé los bártulos en una de las consignas y me dirigí a la enorme sala de lectura. Allí, en los mullidos sillones de buena madera y respaldo alto, ante el escritorio 363 esperando a que la lucecita roja se encendiera para indicarme que la bibliografía solicitada podía ser retirada, allí pude relajarme y respirar auténtica paz, imbuyéndome del espíritu necesario para leer, para reflexionar y para tomar notas, a pesar del animoso vecino de pupitre que se revolvía ansioso en su asiento, herido en su orgullo por no encontrar nuevas notificaciones a sus mordaces comentarios en las redes sociales.
Otros días he subido a la sala de cartografía para repasar mapas de España, buscando la expansión de los caminos de hierro por Castilla-La Mancha, actividad con la que he experimentado un gran placer por el preciosismo de la información gráfica del siglo XIX y por que los mapas antiguos tienen un crujido muy característico que suena delicioso. Pero esa tarde me apetecía leer. Así que pedí varios títulos, entre los que se encontraban un trabajo sobre Arqueología industrial de Kenneth Hudson y un libro de Jean Descola titulado La vie quotidienne en Espagne au temps de Carmen. No tenía muchas expectativas con este libro, porque imaginaba que sería un compendio de estereotipos sobre la situación del país en aquellos momentos. Sin embargo, me sorprendió la mirada que el autor ofrecía sobre la España decimonónica. No se buscaba el recurso a los estándares de siempre (bandoleros, caminos malos, accidentes de la diligencia, toros y toreros, embaucadores y venta de navajas en las ventas), sino que el autor intentaba ofrecer una visión global basándose, principalmente, en información rescatada de autores españoles. Me gustó sobre todo la referencia a la sorpresa y admiración que causaron en las gentes del momento las primeras locomotoras; bueno, también me resultó agradable comprobar que lo que hoy día se conoce como casa rural (y que parece el invento del siglo) ya lo explotábamos los españoles por aquél entonces, sólo que no éramos conscientes de ello y los franceses, además, lo llamaban gîte.
Tras la lectura del libro de Descola y fiel a mi costumbre por llevarme al coleto algo relacionado con los caminos de hierro, leí un pequeño libro escrito por Manuel María Arrillaga que, entre otras cosas, también ponía en solfa aquellas primeras impresiones que las locomotoras produjeron en los habitantes del país. En concreto, me pareció interesante comprobar cómo algunos médicos reputados afirmaban sin ambages que el sistema respiratorio y circulatorio del ser humano no podía resistir una velocidad superior a 40 kilómetros por hora ni el paso de un túnel que excediera de los 100 metros. Leídas ahora, estas frases nos recuerdan cuántas barreras tuvieron que superar los pioneros del ferrocarril. Pero curiosamente, en ninguno de los libros que esa tarde de marzo leí en la Biblioteca Nacional sentado en una silla de nobles maderas y alto respaldo, con el botón rojo parpadeando como loco a pesar de tener conmigo todos y cada uno de los libros pedidos, en ninguna de esas páginas encontré referencia a otro problema que tuvimos que sortear aquí, en La Mancha, y que no fue en absoluto baladí: la oposición de los caciques a que el nuevo invento transitara por la reseca llanura manchega. Pero esa reflexión la dejo en el tintero para otra ocasión, al igual que esa tarde de marzo tuve que apresurarme en leer lo que tenía ante mí y en abandonar, con tiempo necesario para no perder el tren, la sacrosanta institución. Afuera el día seguía su curso, y aunque comenzaba a lloviznar no llegaba la sangre al río. Bien es cierto que portaba unos planos que había solicitado en el archivo de Alcalá de Henares y que las gotas amenazaban con desintegrarlos, pero la boca de metro estaba cercana a la Biblioteca y no tuve problemas en alcanzarla. Para cuando llegué a Santa Cruz, pasadas las 22:00 horas (el tren se retrasó) las gotas se habían transformado en una espesa nevada que llevaba cayendo desde hacía horas, y ello supuso un viaje de lo más incómodo desde la estación a mi casa, con los planos y los zapatos chorreando. Pero el recuerdo de aquella silla de madera y del escritorio inclinado, con su luz roja parpadeante, calmaron mis ganas de blasfemar por lo menudo. Y si os lo preguntáis, sí, estoy deseando volver.
Hasta la próxima.

domingo, 17 de junio de 2012

Un viaje maravilloso...

El mundo del ferrocarril es, en ocasiones, un tanto árido, para qué negarlo. Cuando estudias las implicaciones que una línea ferroviaria cualquiera ha tenido en un territorio determinado siempre habrá quien rebatirá tus argumentos, adoptando una postura contraria a la que tú defiendes (y que curiosamente se puede justificar bibliográficamente). Los caminos de hierro se convierten, muchas veces, en sendas de exactitud enfermiza, en las que unas décimas de segundo o unos milímetros de más pueden estropear un magnífico trabajo de investigación. Siendo además el ferrocarril español terreno abonado a la elaboración de artículos, tesis doctorales y demás trabajos de epistemología histórica, los que nos hemos dedicado a ello siempre encontramos un pero. Al principio es difícil acostumbrarse a toda esta marea y contramarea de dimes, diretes, tirios, troyanos, digos, Diegos... Al final acostumbra uno a aceptar lo que le dicen (con ánimo de mejorar su trabajo) y a ir desdeñando, poco a poco, aquellos argumentos demenciales que siempre aparecen en un momento determinado y que, como los guiones de las películas malas, se sumergen en un eterno retorno al modo de Nietzsche. Algún día hablaré de mi némesis ferroviaria, que la tengo (y cuyo argumento favorito, siempre que puede, es decir en voz alta que el primer ferrocarril español es el de la isla de Cuba de 1837). Pero hoy quiero hablar de la otra cara de los caminos de hierro, esta vez no de yerro: de aquellos que, desinteresadamente, siempre están dispuestos a echarte una mano.
Los primeros que acudieron al rescate de un despistado alumno de quinto de carrera fueron los amigos del ferrocarril de Valdepeñas, los chicos del Trenillo. Gracias a la ayuda de Jesús Mesas (quien también me echó una mano a la hora de entender los entresijos de la instalación ferroviaria de Santa Cruz) tomé contacto con esta asociación, que tantos y tan buenos ratos me ha hecho pasar, y a quien siempre estaré agradecido. Será cuestion, otro día, de ir nombrando aquellos logros, alegrías y conversaciones a la luz de la estación de Valdepeñas que he jalonado junto a Javi, Víctor, Javier Iván, el gran Rose, Juanjo... 
Pero hoy me apetecía hablar de un viaje que tuve la ocasión de realizar a bordo de una vagoneta, desde Almuradiel a Correderas. Gracias a las gestiones de Manuel Laguna, ferroviario de pro y apasionado de la historia de los caminos de hierro locales, tuve la oportunidad de coger mi cámara de fotos y, ataviado con chaqueta reflectante amarilla (propiedad de Posadas), ser testigo del trayecto por el corazón mismo de Despeñaperros. La sensación fue, desde luego, indescriptible. Acostumbrado a viajar en los asientos laterales de los viajeros, ocupar plaza en ventana preferente fue para mí una enorme satisfacción, máxime si, como ocurrió, el día fue magnífico, la luz maravillosa y el paisaje sobrecogedor. Contemplar esas excrecencias graníticas, esos zócalos de la orogenia primaria levantados por el plegamiento alpino, ajados, maltratados por la lluvia y el viento, y verlos colgando sobre las vías es una sensación rara, mitad pavorosa mitad exultante. Atravesar los túneles (que si no recuerdo mal fueron siete, hasta llegar a Correderas), hollar su oscuridad con el sonido de la vagoneta y la luz que apenas si rompía el manto negro que nos aprisionaba fue como un bautizo en los arcanos del mundo ferroviario. Circular por los puentes metálicos que salvan el abismo vertiginoso de Despeñaperros y poder apearse, en un momento determinado, para fotografiarlos, se convierte en una experiencia extásica para los amantes de este medio de transporte (me atrevería a decir que para cualquiera que disfrute con la fotografía, el paisaje y las experiencias nuevas). 
La soledad de la estación de Correderas, fin de nuestro recorrido, fue un agradable descubrimiento, sobre todo por su relativo buen estado y por algunas cuestiones de interés que allí se pueden comprobar, como la vía estrelladero para el frenado de emergencia, el gris del balasto confundido con el verde de la encina, el brillo de los raíles entre la maleza, las traviesas de madera ajadas y estropeadas...
Estaría mucho más tiempo glosando las maravillas de esas dos horas pasadas sobre los vías. Tal vez mi entrada pueda parecer un tanto exagerada, al fin y al cabo se trató únicamente de subir a una ruidosa vagoneta y transitar unos kilómetros por encima de raíles de acero pulidos por el uso. Pero os puedo asegurar que la experiencia valió la pena, al menos para mí. Y por descontado que, si puedo, la repetiré. Por cierto, cuando hicimos el trabajo de documentación para la navaja de Santa Cruz muchos artesanos del pueblo nos dijeron que uno de los grabados más graciosos que solía aparecer en la hoja de las piezas santacruceñas era el de "si esta víbora te pica, no hay remedio en la botica". Pues a mí me ocurrió algo semejante. Y ahora no puedo sacarme de encima el veneno de esa víbora, que llevo gustoso, dicho sea de paso. Hasta la próxima.


lunes, 4 de junio de 2012

Un placer sin yerro

Este año se cumplen muchos aniversarios en Santa Cruz de Mudela. Por un lado se celebran los 800 años desde la batalla de las Navas de Tolosa, tras la cual y siempre según el mito y la leyenda, tuvo origen la fundación de la localidad. Pero también se celebran los 150 años de la llegada del ferrocarril, un hecho importantísimo que ya hemos ido comentando en este mismo blog. Con motivo de tanta efeméride histórica y dada la circunstancia de ser yo investigador en la materia (lo que hoy en día no te da de comer pero alivia las penas) estoy colaborando con el CEIP Cervantes de la localidad. Isabel, la directora, se puso en contacto conmigo a través de un buen amigo, mejor persona y excelente conversador (Paco) y decidimos iniciar algunas actividades que reflejasen y diesen contenido a las efemérides. Resulta ocioso afirmar que yo únicamente he puesto mi presencia y mi voz: todo el trabajo y el mérito hay que dárselos al equipo de docentes del CEIP, que han llevado a cabo una serie de actividades muy vistosas para conmemorar las Navas y el ferrocarril. Desde castillos y vagones de tren por los pasillos a una exposición de fotografías, creo que lo realizado por los alumnos tiene un enorme valor, máxime si tenemos en cuenta los tiempos en los que vivimos, en los que se priman más otras actividades que procuran un placer instantáneo y se olvidan en los cajones los trabajos en pro de la cultura y la sensibilidad. Por descontado, en el asunto han tenido mucho que decir las familias, que se han volcado con las peticiones de la dirección del centro y que han colaborado gustosamente para que todo el proyecto marchara por la vía correcta. Cuando veo trabajar a estos profesionales, cuando veo su entusiasmo en todas y cada una de las fases educativas, es cuando más duro me golpea la miseria de los políticos que nos gobiernan. No voy a realizar otro alegato en pro de la educación pública (tal vez otro día), pero es en momentos como éste cuando uno se da cuenta de hacia dónde pretenden llevarnos los que, sin ningún conocimiento de educación, sin haber entrado nunca en un aula y sin conocer los entresijos de la enseñanza, se ponen la medalla de salvadores de la patria y aplican recortes desaforados que van a repercutir no solamente en los docentes, sino también en el alumnado. Espero equivocarme.
El viernes 1 de junio llevamos a cabo la última de estas actividades: una visita a la estación del ferrocarril. El día no acompañó del todo (hacía mucho calor), pero el grupo de chavales era bastante animoso y, sobre todo, alegre. Hicimos un pequeño alto para que los chicos contemplaran la fábrica de harinas aledaña a los terrenos de la estación y después estuvimos viendo las instalaciones de la misma acompañados de Vicente, trabajador del ferrocarril. Tuvimos incluso la suerte de contemplar tres trenes (un Media distancia y dos talgos) que hicieron las delicias de los chicos, además de las explicaciones técnicas de Vicente de los cambios, las balizas, etc. En resumen, un día magnífico que tuvo un buen colofón con las preguntas de los alumnos.
En estos tiempos que corren resulta grato certificar el compromiso que los maestros/as tienen con sus alumnos y con la educación en general. No solamente se enseña en las aulas: las salidas, excursiones y visitas sirven para que los chicos/as aprehendan un montón de cosas que, de otra manera, sería imposible acometer en clase. Y me congratula el que unos niños de segundo pasen tan buen momento con el ferrocarril, sobre todo ahora que es una pálida sombra de lo que un día fue. No sé quétendrán las ruidosas locomotoras que provocan tal fascinación. Bueno, sí lo sé pero no puedo decirlo...
Hasta la próxima.

viernes, 18 de mayo de 2012

El yerro se acusa a sí mismo


Por si acaso no habíais tenido la oportunidad de leerme en Jaraíz, rescato aquí un artículo que escribí hace unas semanas. Hoy, sinceramente, no tengo el cuerpo para ferrocarriles. (bueno, al menos la foto sí es de trenes, algo es algo). Espero que os guste.

1898 fue un año pródigo en acontecimientos. Francia y Gran Bretaña estuvieron a punto de liarla parda en Fashoda (Sudán) por unos territorios coloniales de nada. Los estadounidenses nos bajaron de los barcos (y de la utopía) a base de cañonearnos con saña, proporcionando así la extremaunción a los restos del imperio colonial. Los bilbaínos del Athletic Club fundaban su equipo de fútbol y, en Francia, un escritor consagrado (Émile Zola) publicaba en el diario parisino L’aurore un célebre artículo titulado J’accuse, en el que defendía la inocencia de Alfred Dreyfus, un militar judío de Alsacia que fue condenado por traición. La revisión del caso demostró que el juicio había sido amañado por intereses políticos. La rehabilitación de Dreyfus, no obstante, tuvo que esperar hasta 1906, una vez que la cúpula militar francesa se avino a aceptar las evidencias más que flagrantes a favor del alsaciano. En su artículo, Zola defendía la inocencia del acusado en base a la multitud de pruebas que existían a su favor, redactando un alegato en pro de la claridad y la justicia que ha traspasado las barreras del tiempo. Y yo, que a Zola no le llego ni a la altura de los zapatos, quiero homenajearlo acusándome a mí mismo de algunos pecados inconfesables.
Yo me acuso de haber pensado que la educación pública puede ser de calidad, de haber defendido que la ratio de las aulas debe ser inferior a 25 alumnos y de haber apoyado los refuerzos para los alumnos que los necesitan. Nuestros queridos gobernantes nos han demostrado que todas las medidas tendentes a fomentar la calidad en la enseñanza son una quimera, un gasto innecesario, poco eficaces y mal planteadas. Los audaces y bien engrasados resortes del poder nos van a demostrar que una clase de 30 o 35 alumnos sin refuerzos, sin apoyo educativo, sin programaciones adaptadas para los niños con deficiencias diagnosticadas, puede ser perfectamente viable para construir ciudadanos que, gracias a los desvelos de nuestro gobierno, ya no tendrán que pensar en complicadas quimeras filosóficas de libertad, individualismo, historia, ética o respeto. Ahora se primarán valores más necesarios para la sociedad del siglo XXI como la religión, la obediencia, la sumisión y la autoridad. Y el que quiera buena educación, qué caray, que se la pague. Lo bueno no puede ser gratuito.
Yo me acuso de haber protestado por los ajustes temporales que van a llevar a nuestro país a la cima de Europa, igual que la selección de fútbol nos ha llevado a las más altas cotas del dominio mundial (y que los facciosos denominan recortes). Ahora he visto la luz, he entendido con claridad que aquellos que tengan un familiar dependiente no pueden reclamar que el maná caiga del cielo. Gracias a las audaces políticas de los ministros, los afectados tendrán que exprimir su imaginación y capacidad para valerse por sí mismos, porque es intolerable que en el siglo XXI existan ayudas para que el sacrificio de las familias y el cuidado de una persona dependiente se recompensen.
Yo me acuso de haber pensado en la sanidad como un bien universal al cual todos tenemos derecho. Afortunadamente, el gobierno me ha abierto los ojos al respecto, recordándome que es inconcebible que pretenda curar mi enfermedad crónica a costa de los españoles. Las autoridades políticas y regionales me han demostrado que lo de ir al médico es un lujo, una frivolité que los hijos de los obreros nos hemos creído y que en ningún modo se puede consentir. Por eso, respiro tranquilo al pensar que mis dolores, picores, bultos sospechosos y demás situaciones de riesgo para la salud van a pasar a un segundo plano, ya que si no se diagnostica, no existe el problema. Y si se manifiesta, nada de I+D: a rezar y a confiar en la sapiencia infinita de nuestros líderes.
Yo me acuso de haber vivido por encima de mis posibilidades. Y también acuso a mis progenitores por haberlo hecho. Sí, es cierto que mi padre trabajaba doce horas de camarero para poder pagar las facturas y el autobús que me llevaba a Valdepeñas a estudiar, pero aún así vivimos por encima de nuestras posibilidades. También es verdad que nunca fuimos de vacaciones a ningún lado, no tuvimos un techo propio hasta que no cumplí los 15 años y, para ayudar en la economía familiar, tuve que trabajar desde los 16 lejos de mi casa, vendiendo juguetes en las ferias y mercadillos. Pero insisto, siempre vivimos por encima de nuestras posibilidades, creyéndonos los amos del universo con lo de la democracia y lo del voto. También es verdad que no pude ir a la universidad y tuve que trabajar y costearme los estudios por mí mismo porque la economía doméstica no nos llegaba, pero es que el sitio de un proletario es la alienación y sumisión, ¿qué es eso de creerse con ínfulas de licenciado?
Finalmente, yo me acuso de haber tenido pensamientos impuros con respecto a las intenciones honrosas, legítimas, puras y prístinas de aquellos que comandan la nave de España, los cuales nos van a sacar de esta situación, ya verán, ya. He comprendido que gobernar es muy complicado y que todo lo que nos habían contado de nuestros derechos es mentira, que en la vida solamente hay deberes y que hemos de cumplirlos sin rechistar, ni siquiera pacíficamente. De hecho, estoy pensando que también me tengo que acusar de este artículo, escrito con tal amargura, desolación, tristeza e ironía por la situación de nuestro país que hasta me duele el alma.  Hasta la semana que viene. 


domingo, 6 de mayo de 2012

Que siga el yerro su camino...

Antes de nada, y ahora que han pasado unos días, quisiera agradecer a todos/as los que vinieron a la conferencia del viernes pasado su asistencia, puesto que el salón de actos estuvo muy concurrido. No se llenó pero pasamos de la media entrada, por lo que estoy más que satisfecho. Y eso contando conque muchos de vosotros no pudisteis venir, por motivos laborales, de salud, viajes, por vivir en otros lugares, porque había otros planes, etc. En cualquier caso insisto: tratándose de un tema como el del ferrocarril y extendiéndome como lo hice el resultado final no fue nada malo. De nuevo, gracias.
Hoy me gustaría comentar alguna cosa más de la estación de Santa Cruz, al menos de esos momentos iniciales de su existencia. Fue la compañía de MZA la que se asentó en la localidad en 1862, quedando englobada Santa Cruz en el tramo Manzanares-Córdoba. En cualquier caso llegar hasta esa situación no fue nada fácil. Como ya he comentado en este mismo blog, los planes ferroviarios de ese momento distaban mucho de ser firmes, y variaban de recorrido con excesiva facilidad. Si ya costó un gran esfuerzo que los caminos de hierro se dirigieran de Manzanares a Valdepeñas, otro aún mayor fue conseguir que el tren tuviera parada en Santa Cruz de Mudela, puesto que la intención de la compañía era trazar un itinerario hasta Torrenueva y Castellar de Santiago, para luego dirigirse hacia el sur en su anhelada búsqueda de los puertos andaluces.
En el caso de nuestra localidad no disponemos (aún) de un nombre o de un acontecimiento que supusiera el cambio de parecer de la ya todopoderosa MZA. Si en Valdepeñas fue el ingeniero Eduardo Carlier el que consiguió la instalación del edificio de viajeros en su entorno, para la estación de Santa Cruz solamente cabe suponer que los ingenieros que diseñaron el camino de hierro (todos ellos de procedencia belga) entendieron que el trayecto hacia Córdoba desde Valdepeñas tenía un único sentido: hacia el sur. No niego que pudieran existir algunas presiones de las élites burguesas y comerciales que ya existían en la zona, como el Marqués de Mudela y sus negocios vitivinícolas, pero eso, insisto, es una hipótesis que no está comprobada. En cualquier caso, la línea férrea tomó la dirección hacia Despeñaperros y nuestra villa tuvo la fortuna de tener, en su seno, una estación ferroviaria.
El caso de nuestro pueblo fue bastante curioso, porque a diferencia de otros lugares en los que la instalación de los caminos de hierro tuvo un impacto inmediato, Santa Cruz de Mudela pasó por un largo periodo de crisis demográfica y económica. En realidad el asunto no tiene nada de extraño porque el país mismo sufrió los inconvenientes y trastornos de una depresión generalizada a partir de 1866, y cuyos efectos fueron tan impactantes que llevaron incluso a la proclamación de una dinastía distinta a la de los Borbones y al intento de manejarnos políticamente con la I República española, que tantos problemas tuvo que afrontar. Los efectos de esa crisis económica, financiera y política, sumados a la incidencia de distintos episodios funestos en el campo santacruceño (sequías y langosta principalmente) y al castigo de las epidemias (cólera morbo, tifus, sarampión, etc.) hicieron que la llegada de los caminos de hierro no fuese en modo alguno halagüeña, y no indicaba, desde luego, el gran aporte que posteriormente legaría la estación a la localidad. Pero eso, si lo tenéis a bien, lo contaré en otra ocasión.



miércoles, 18 de abril de 2012

El yerro se va de conferencia


El siguiente paso para conocer el proyecto que iba a traer el ferrocarril hasta Santa Cruz lo debemos situar en 1855. Ese año la dirección general de obras públicas editó un mapa de caminos de hierro (en explotación y proyectados) que contemplaba la realización del itinerario hacia Andalucía pasando por Valdepeñas y por Santa Cruz de Mudela, lugar donde también se unía otra línea que bajaba de Villarrobledo. Este último trayecto estaba financiado por un frances, el Conde de Morny, que era a su vez propietario del Grand Central, una compañía del país vecino. A su vez, la otra línea había sido autorizada por el gobierno con un doble sentido: por un lado establecer un trayecto desde Alcázar de San Juan hasta Ciudad Real pasando por Manzanares y, por el otro, desde esta población conectar la capital española con el sur peninsular atravesando Despeñaperros. Esta misma línea tenía un segundo ramal que conectaba Manzanares con Socuéllamos, de acuerdo con el anitguo proyecto que se había concedido en 1852 a D. Antonio Álvarez. Como podéis comprobar, en estos primeros momentos de efervescencia se hacían cábalas y se multiplicaban los proyectos como setas. El problema (uno de tantos dentro del mundo ferroviario) fue que todas estas concesiones se quedaron en nada. Para ejemplificar lo que estoy diciendo, baste afirmar que entre 1844 y 1854 se concedieron en torno a 5000 kilómetros de vías, de los cuales únicamente se hicieron posibles unos centenares.
El asunto era bastante complicado, porque desde muy pronto se suponía que ambas líneas (la de Villarrobledo y la de Alcázar-Ciudad Real (con el ramal de Manzanares hacia Andújar) no iban a poder coexistir. Y ello por una razón bien lógica: el tráfico de mercancías desde Andalucía hasta la Corte madrileña podía ser intenso (no en vano en los puertos mediterráneos se descargaban numerosos artículos que, con el invento del ferrocarril, llegaban a Madrid en mucho menos tiempo que con la tracción animal) pero ese tráfico no era tan numeroso como para establecer dos líneas, una que conectara con Madrid y otra que lo hiciera con la línea de Levante por Villarrobledo. Es decir, que el proyecto de obra pública tenía en mente dos direcciones, pero su intención era la unificación. Sobre todo cuando el ya citado Morny decidió abandonar su concesión, recuperar la fianza de 6 millones de reales que había depositado, y regresar a París, donde su compañía ferroviaria atravesaba por un mal momento. Así, la opción del este (que además de por Villarrobledo pasaba por algunos pueblos del campo de Montiel, como Infantes) se descartaba definitivamente, y cobraba carta de legalidad el acceso a Andalucía por Manzanares, cuyo primer tramo (Alcázar a Venta de la Herrera) se había aprobado en 1857.
No crean que, después de esta actuación, el trayecto final quedó consolidado ad perpetuam. La opción de Villarrobledo siguió presente en el ánimo de algunos diputados, que la defendieron con saña; el trayecto desde Manzanares al sur no estaba claro ni siquiera en 1859, puesto que sufrió variaciones en 1860 y en 1861. Pero como esta semana os quiero contar otra cosa más, dejemos esos asuntos para días venideros.
El viernes 27 de abril a las 20 horas, tendré el gusto de ofrecer una conferencia sobre el ferrocarril en Santa Cruz de Mudela, a la que estáis todos invitados, naturalmente. La charla la ha organizado el ayuntamiento local con motivo del 150 aniversario de la llegada del tren, se celebrará en el salón de actos de la casa de cultura, y me agrada mucho poder explicar en mi localidad lo que supuso ese acontecimiento, lo que trajo consigo y lo que significó para la villa. Por eso concluyo esta semana con el deseo de que nos podamos ver en la conferencia, de que la disfrutéis y de que si vuestras obligaciones, compromisos u cualesquier asunto os impiden acudir, que al menos os la cuenten. Un saludo.


 

jueves, 5 de abril de 2012

Caminos de yerro y hierro en Santa Cruz

Quizás sea necesario, antes de pormenorizar la llegada de los caminos de hierro a Santa Cruz de Mudela, comprobar las inquietudes de las autoridades provinciales con respecto al ferrocarril. Retrotraigámonos un momento al año 1852. La ampliación de la línea de Aranjuez hasta Almansa se convirtió en un proyecto ambicioso que debía comunicar la capital con el levante, ya que se pretendía prolongar el ferrocarril hasta Alicante, lo que suponía una conexión directa entre la Corte y el Mediterráneo. No voy a entrar a valorar las cuestiones relativas a los desmanes que se produjeron en la génesis, planteamiento y desarrollo de este ferrocarril porque el asunto se dilataría en exceso. Baste decir que su promotor, el Marqués de Salamanca, demostró con su jugada (obtuvo la concesión, luego vendió el ferrocarril al Estado y posteriormente se hizo con el arriendo de la línea en condiciones muy ventajosas) que era un hombre de negocios sin piedad ni miramientos, un adelantado a su tiempo (qué bien hubiera encajado este señor en las esferas capitalistas que hoy día manejan los hilos del cotarro).
Desde 1833 (tras la reforma de Javier Burgos) España había quedado dividida en 48 provincias, al mando de las cuales se situó la Diputación Provincial, comandada por el Gobernador Civil. Pues bien, fue esta figura (al menos en el caso de Ciudad Real) la que impulsó las reuniones entre ayuntamientos y mayores contribuyentes con el fin de hacer realidad el paso de les chemins de fer por la provincia ciudadrealeña. Y dado que el citado año de 1852 el proyecto de llegada del ferrocarril a Almansa era ya una realidad, las intenciones de la casta política se dirigieron a buscar los apoyos necesarios para lograr que los raíles se extendieran por su zona de influencia. Y no solamente hizo fuerza el Gobernador Civil, sino que todos los alcaldes arrimaron el ascua a su sardina, proponiendo rebajas para las compañías férreas en lo tocante a contribuciones y gastos varios, aportando parte del dinero que se recogía por el arriendo de los bienes de propios, etc. Santa Cruz de Mudela no iba a quedar al margen de esta aceleración ferroviaria. Por aquel entonces era Alcalde de la localidad el hermano de D. Máximo Laguna, D. Cirilo Laguna Villanueva, el cual, aunque no asistió personalmente a las reuniones convocadas para pedir bien la derivación de la línea de Levante, bien la construcción de un ferrocarril desde Ciudad Real al camino de hierro del Mediterráneo (los intereses de Santa Cruz de Mudela fueron defendidos por un tal Basilio Díez), puso todos los medios de que disponía el consistorio local para gestionar la creación de una estación en la villa.
Por desgracia las cartas con las que jugaba D. Cirilo no tenían muchos triunfos, ya que siempre fue el ayuntamiento santacruceño magro en ingresos (baste decir que el pósito local en ese mismo año de 1852 tenía la segunda mayor deuda de la provincia).  En cualquier caso, los desvelos del alcalde tuvieron su fruto unos años después, cuando en 1856 se trazaron las líneas hacia el sur peninsular y se fueron consolidando los trayectos que, desde Madrid y tomando Alcázar como nudo ferroviario, iban a vertebrar el espacio manchego.  Pero eso ya lo contaré en otra ocasión (como diría Michael Ende). 


miércoles, 21 de marzo de 2012

Yerro y aniversario


No sé si sabéis que el año pasado el ayuntamiento de Valdepeñas organizó una maravillosa exposición con motivo de la llegada del ferrocarril a la localidad, hecho que se produjo el 24 de mayo de 1861. Este 2012, curiosamente, se vuelve a producir otro aniversario: la apertura de la línea entre Manzanares y Santa Cruz de Mudela el 21 de abril de 1862 (ya os iré informando de la conferencia que el 21 de abril de este año voy a dar en la casa de la cultura). Este hecho también afectó a Valdepeñas, ya que hasta ese momento la estación estuvo cerrada a cal y canto debido al peligro que suponía la circulación de trenes. Por cierto, la situación provocó en la ciudad del vino airadas protestas de los comerciantes del rúbeo licor, porque muchos de ellos, según afirmaban, habían vendido sus cabalgaduras y confiaban en el caballo de hierro para transportar su producto allende los mares. El asunto se dilataba y la paciencia se iba haciendo cada vez más escasa, lo que el alcalde de la ciudad (a la sazón Antonio Caminero y Palacios) transmitía a MZA sin conseguir muchos resultados, la verdad. De hecho, se formó un pequeño revuelo que afectó a las instancias gubernativas de Valdepeñas y a la dirección de la compañía ferroviaria.
El asunto venía de lejos y se había ido enconando poco a poco. Cuando se redactó la memoria de obras públicas de 1855 (recién aprobada la Ley de los Ferrocarriles de 3 de junio de ese año y con el gobierno liberal en el sillón) se trazaron dos itinerarios hacia Andalucía. Uno de ellos llegaba hasta Manzanares y, desde allí, se dirigía a Ciudad Real y conectaba con Portugal. El otro partía de un lugar entre Socuéllamos y Villarrobledo y buscaba Jaén por el Campo de Montiel. Tras diversas polémicas y discusiones parlamentarias se consiguió que Valdepeñas tuviera una estación de tren.
La intención de MZA era crear un edificio de tercera clase situado a tres kilómetros de la localidad. La compañía quería conectar Madrid con el Mediterráneo y no le importaban los hitos que quedasen en medio, a pesar de tener una potencialidad económica tan demostrada como la de Valdepeñas. Fue gracias a la intervención de Eduardo Carlier (ingeniero de MZA) que se logró el acercamiento de las instalaciones ferroviarias a la entonces villa, deshaciendo las precauciones que los jefes de la compañía tenían al respecto (se suponía que construir el entramado de los caminos de hierro al lado de la población crearía una peligrosa curva en el trayecto que había que evitar a toda costa; Eduardo Carlier demostró que no había ningún problema y que el aprovechamiento y uso de la estación sería más positivo si ésta estaba al lado de la localidad y no alejada de ella).
A partir de entonces el consistorio local comenzó a recelar de las artes de MZA. El tren llegó en mayo de 1861, y se abría una posibilidad increíble ante la vendimia y posterior elaboración de vino de ese año. Pero la ya comentada política de seguridad de la compañía mantuvo 11 meses la estación cerrada, perjudicando la economía local con la decisión. Sin embargo, lo peor llegó cuando un día MZA se desentendió del acuerdo al que había llegado con el ayuntamiento para construir un paseo que, desde la estación, condujera al núcleo poblacional. Acuerdos parecidos los había firmado la compañía en otras localidades, y los firmaría posteriormente, pero en los casos de Valdepeñas y Santa Cruz de Mudela no se tardó en menospreciar la obligación contraída, quedando en manos del consistorio local la construcción de un camino más o menos transitable que llevase a los viajeros y, sobre todo, a las mercancías hasta el entorno ferroviario. Esta situación había enconado las relaciones, que se vieron aún más quebrantadas cuando la apertura de las expediciones ferroviarias hacia Madrid no se consentía y se iban demorando los plazos. Sin embargo, la gota que colmó el vaso ocurrió en el verano de 1861, en el mes de julio.
El alcalde, viendo que la situación era insostenible y que se acercaba la época de la vendimia, fue a ver al ingeniero jefe de la línea (que acababa de llegar a la estación valdepeñera) con la intención de mantener una conversación con él. Sin embargo esa reunión no se pudo celebrar porque en cuanto el citado ingeniero divisó a la autoridad local volvió a subir al tren y se marchó a Manzanares. El asunto contrarió tanto al alcalde que se acordó apremiar a MZA para que cumpliese su palabra y construyera el paseo de la estación. Se lanzaban veladas amenazas sobre futuras sanciones impuestas a la compañía, además de insistir el ayuntamiento en no aportar la parte correspondiente para el mantenimiento de ciertos servicios de los caminos de hierro. Pero la testarudez de MZA pudo más que las habilidades políticas de los valdepeñeros, que hubieron de construirse, con la tierra que se sacaba de las cuevas y sótanos de la localidad, un recoleto y recto paseo que condujera a los ciudadanos hacia la innovación, la velocidad y el futuro. 
La semana que viene hablaremos de la llegada del tren a mi querida Santa Cruz de Mudela. Mientras esperáis os dejo una foto de la nevada que cayó ayer, 20 de marzo, y que ha dejado algunas estampas verdaderamente bonitas.