lunes, 30 de enero de 2012

El yerro más hermoso

Como todo amante del ferrocarril que por estos andurriales realiza sus pesquisas y trabajos, estoy enamorado del camino de hierro entre Valdepeñas y Puertollano, el celebérrimo trenillo. No voy ahora a glosar sus características porque se han comentado tantas veces que lo escrito sonaría un tanto manido. Lo que sí quiero es reflexionar un poco sobre el pasado, el presente y el futuro de lo que se llamó el ferrocarril del Campo de Calatrava, el cual, durante muchos años, vertebró (a su manera, bien es cierto) parte del centro-oeste ciudadrealeño.
La construcción del trenillo fue un sueño, una quimera de Ortiz de Zárate (el de Airbag no, el otro). En un momento en el que los ferrocarriles secundarios habían retomado su razón de ser gracias al impulso legislativo que se les había dado con la ley de 1877, parecía que podía ser un buen negocio clavar un camino de hierro que transitara por la llanura manchega entre olivos, chaparros y viñas, recorriendo las tierras que en su día los mahometanos, los iberos, los romanos, los calatravos o los viajeros franceses del XVIII también patearon de un lado a otro,
El negocio principal que debía sostener esta línea férrea (que en su primer tramo circulaba entre Valdepeñas y Calzada de Calatrava) era el agrícola, ya que una de las paradas de la misma (me atrevería a decir que la razón por la que el promotor norteño se lanzó a la aventura) era la de Montanchuelos, finca propiedad de Ortiz de Zárate (el de Airbag no, el otro) en la que se cultivaba grano, se recolectaba uva y se comerciaba con mulas de venta, que al decir de la prensa de entonces eran de condiciones excelentes y a precios baratos, pudiendo comprarse en sus dos modalidades: sin domar y domadas.
La memoria de este ferrocarril, que se encuentra distribuida por esos archivos de España tan gratos, tranquilos y alejados de La Mancha, es una obra maestra de la literatura optimista y cándida de los proyectos ferroviarios decimonónicos. En un enorme tomo encuadernado con rojizas pastas y adornado con letras de oro podemos ir leyendo todo lo que tiene que ver con la instalación de este camino de hierro. Así, nos enteramos de que el ancho que iba a tener, en un principio, era el de 60 centímetros, aunque luego se cambió al de 75. Los datos que se ofrecen sobre negocio, traslado de mercancías y de viajeros eran tan optimistas y de un talante tan esperanzador que luego, cuando se demostró que ni siquiera la ampliación hasta Puertollano iba a salvar el negocio, pesaron como losas insalvables. Ni siquiera el buen hacer del abogado Ortiz de Zárate (el otro no, el de Airbag) hubiera salvado la empresa, que desde los primeros momentos fue deficitaria, no tanto porque no hubiera años de saldo positivo en el debe y el haber, sino por las pesadas cargas financieras que había contraído la compañía y por el creciente coste de mantenimiento de una línea que, cada vez más, se iba quedando obsoleta.
No quiero indagar más en el pasado, ya habrá tiempo en este blog para ello. Lo que sí quiero es hablar, aunque sea brevemente, del presente de esta línea. Alguno pensará que un ferrocarril que se desclavó en 1965 no tiene, a priori, ningún presente. Eso, en puridad, es cierto, pero no lo es menos el hecho de que los restos siguen ahí, tangibles, paseables, perdurables (de momento). Se puede caminar por los taludes de la línea, se puede atravesar alguna que otra trinchera, se pueden saltar las cloacas y tajeas que aún siguen en pie, se puede pasar por debajo de puentes que un día dieron la bienvenida, con su bóveda de ladrillo, a los humos de vapor y carbón de las máquinas pequeñas pero bautizadas del trenillo... Sí, es cierto que ya no circula ningún tren, pero ahí siguen esos restos, en un presente obstinado que se resiste a claudicar.
¿Y el futuro? Pues como todo lo que tiene que ver con el patrimonio que no es ni una catedral, ni una iglesia, ni un museo, ni una plaza de toros, negro. Los estudios que se van haciendo sobre la línea, las salidas que, junto con Alberto o los chicos de la asociación de amigos del ferrocarril de Valdepeñas, se llevan a cabo para inventariar lo que todavía queda, los inmensos ficheros de fotos que se van acumulando en el disco duro, todo ello es testigo de cómo van cambiando las cosas, de cómo se van perdiendo elementos, de cómo lo que un día formó parte de la esencia de varios pueblos se va consumiendo por no interesar a nadie. De hecho, queridos amigos, a pesar de los varios artículos que se han escrito sobre la línea, muy pocos autores de los mismos han pisado su balasto. Y eso, desgraciadamente, no ayuda. Bueno, eso y la maldita crisis, claro. En cualquier caso ahí seguiremos, trabajando por conocer más este camino de hierro, por desenterrar sus secretos y por aportar a las generaciones futuras un retazo de lo que un día supusieron esos raíles paralelos que sus abuelos utilizaron. No todo va a ser Playstation...

domingo, 22 de enero de 2012

Son, ochenta yerros son....

Una de mis películas favoritas sobre el mundo del ferrocarril es El expreso de Chicago. La cinta no es nada especial ni memorable, pero reconozco que el que casi toda la acción transcurra dentro de los vagones de un tren larguísimo, rojísimo y que circula por una vía única con estruendo y trepidación es algo, a mis ojos, grato de ver. La trama es fácil de seguir, y la comicidad de Gene Wilder (actor, entre otras, de El jovencito Frankenstein y Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo pero nunca se atrevió a preguntar) ofrece un contrapunto a la seriedad del argumento: un asesinato dentro del expreso que hace la ruta entre Los Ángeles y Chicago. Son muy interesantes los planos en los que se ofrece al tren abriéndose camino entre la inhóspita y a veces indómita naturaleza estadounidense. Además, resulta evocador y tiene un punto romántico el hecho de recorrer EE.UU. a bordo de un tren, pasar unos días dentro de sus tripas durmiendo en una cama con mullido colchón, tomar el desayuno viendo pasar, indolente, el paisaje exterior... Sí, la película me gusta mucho, aunque naturalmente no es la única que me produce tales sentiientos. Otro día comentaré las maravillas de Unión pacífico, El expreso de Shangai, El caballo de hierro, etc. (varias de ellas, por cierto, las programó la asociación de amigos del ferrocarril de Valdepeñas El Trenillo dentro de su ciclo de cine ferroviario). Pero hoy quiero rendir un pequeño homenaje a una serie de dibujos que, afortunadamente, ha envejecido bien: La vuelta al mundo en ochenta días
Sí, ya sé que muchas cosas del libro no aparecen entre las andanzas del león Fog y que resulta un tanto extraño el que sean animales y no personas quienes hacen el viaje (en Maus, el cómic de Art Spiegelman, también se produce esta metamorfosis y bien que nos gusta). Sin embargo hace poco tuve ocasión de volver a ver varios capítulos y reconozco que me quedé maravillado de nuevo. Resulta que unos maestros de esos que la administración considera vagos, de esos que De Cospedal y Marciallllll Marín demonizan todos los días, de esos que no hacen nada y trabajan muy poco, cobran mucho y se solazan en playas de arena virgen mientras los sufridos humanos han de trabajar en la humeante fábrica, esos mismos que practican misas negras y hacen huelgas inmorales, esos maestros egoístas que no entienden la situación, pues van y ponen en marcha un plan de lectura en torno a La vuelta al mundo en ochenta días. Entre las actividades propuestas por estos profesionales estaba la lectura del libro y la posterior recreación del mismo entre el alumnado de infantil y primaria. No tengo que agregar que todos lo chicos y chicas están entusiasmados con la obra, con su lectura y con todo lo que ello ha conllevado: conocer la geografía mundial, entender los medios de transporte del siglo XIX, estudiar los husos horarios, etc. Y, naturalmente, el mundo del tren.
A efectos de documentación esos maestros, además de leerse el libro, vieron la película y la serie de dibujos animados. Y ahí es donde me brotaron esos sentimientos de nostalgia que ahora refiero. Otras series de mi niñez y juventud han envejecido peor, pero ésta aún tenía el suficiente gancho como para mantenerme ante la pantalla y ver de nuevo las andanzas del viajero impenitente. Además, la época que retrata es, precisamente, la del final de la I Revolución Industrial, cuando los caminos de hierro todavía tenían absoluta preponderancia en los sistemas de transporte, cuando un yacimiento de carbón era más preciado que uno de petróleo (aunque eso cambió con relativa velocidad, más o menos a partir de 1876). El halo romántico de las máquinas silbantes, las nubes de vapor rodeando al caballo de metal, todo ello (sumado a una historia atractiva) suscitaron en mí tan buenos recuerdos que reconozco haberme visto de nuevo los 26 capítulos. Y, aparte los trenes, los he vuelto a disfrutar, incluyendo en ese concepto las canciones de la serie.


domingo, 15 de enero de 2012

Hace muchos yerros, en una galaxia muy lejana...

Es curioso cómo algunas cosas que nada tienen que ver entre sí pueden terminar encadenándose en la mente, conformando un todo compacto y bien argumentado que, en principio, ofrece pocos nexos de unión. Lo cierto es que la situación comenzó cuando me encontraba hojeando el maravilloso Manual de arte prehistórico de Sanchidrián (esencial para los que hemos estudiado historia por su completitud, su complejidad, sus excelentes dibujos y su información, rica y variada). Estaba recordando la periodización de las distintas fases de la prehistoria (y percatándome de lo poquísimo que, históricamente, llevamos recorrido (si lo comparamos, por ejemplo, con el Paleolítico inferior)) cuando un suceso me vino a la memoria, de repente, y que tiene que ver con la temática de este blog: el ferrocarril.
Cuando hace algún tiempo presenté el libro El ferrocarril en Santa Cruz de Mudela: motor de desarrollo poblacional tuve una experiencia que no sé si calificar de desagradable, pero sí que fue un tanto inquietante. Uno de los asistentes a la presentación del libro, conocedor de la historia de los caminos de hierro, quiso hacer algunas puntualizaciones a lo que yo estaba afirmando. He de decir que esas puntualizaciones, en otro contexto, me hubieran resultado gratas de oír, pero en la presentación de un libro ya terminado, la verdad, no tenían mucha razón de ser. De las cosas que aquel señor dijo la que más atención (y sonrisas) suscitó fue la afirmación de que el primer ferrocarril era un invento que ya se había creado en el Paleolítico, hacía al menos 5000 años, puesto que en un lugar se habían descubierto raíles tallados en la roca, por los que circularían una serie de vagonetas rústicas. Vaya por delante que, de ser cierta la cuestión, no sería adscribible al Paleolítico sino al Neolítico, pero la verdad es que el asunto no tenía, a mi juicio, mucho sentido. Y al pasar las hojas del manual, y siendo la época que retrata el mismo la de aquellos maravillosos primeros homínidos (llámense Erectus, Neandertales o Sapiens) me acordé de la anécdota...
Y curiosamente, mientras hojeaba el libro y contemplaba los santos, acordándome de aquel espontáneo, una imagen me llamó la atención. El manual afirmaba que se trataba de un ejemplo de arte mueble, en concreto de un mamut encontrado en la cueva de Geissenklösterle, en el sudeste de Alemania. La pieza atrajo enseguida mi atención porque tenía una forma curiosa que me recordaba algo que, en ese momento, bordeaba mi memoria. De repente la radio comenzó a emitir Carne Cruda, un maravilloso programa de Radio 3 que se emite de 14 a 15 horas. Y el tema elegido para ese día era La Guerra de las Galaxias. Javier Gallego, el conductor del programa, entrevistaba a un fan de la saga que había sacado recientemente un libro. Y al afirmar este muchacho que su película favorita era El imperio contraataca (aún hoy desconozco a un seguidor de Star Wars que apostate de la segunda película (es decir, el capítulo quinto)), enseguida me acordé de a qué se asemejaba aquel mamut. Y dado que la bendita red de redes permite comprobar al instante si nuestra intuición es cierta, me dediqué a comprobar si, efectivamente, aquel mamut podía ser la representación de otra cosa... Juzguen ustedes mismos, pero a mí (teniendo en cuenta, claro está, lo rústico de la factura) me parece que son clavados.


domingo, 8 de enero de 2012

Los tres yerros de Oriente

Vaya por delante que os deseo un feliz año 2012, ahora que ya llevamos unos días andados por él y hemos comprobado que, efectivamente, vamos a sufrir y padecer la misma situación que en 2011.
Pues resulta que estaba yo sentado el día 5 de enero, digiriendo el roscón de reyes, cuando una idea surgió en mi mente: podría ir a ver la cabalgata. El asunto no era baladí, porque dado que hemos cambiado de gobierno presuponía que las mutaciones también llegarían, qué duda cabe, a los aspectos más nimios de la vida santacruceña, como por ejemplo el paseo triunfal de Sus Majestades de Oriente. Además, no voy a engañaros, tenía ganas de ver un supuesto tren para los niños que iba a abrir la cabalgata, asunto que había leído profusamente en el foro de Santa Cruz de Mudela, en el que varios usuarios habían comentado (algunos de manera irónica y ácida, otros con menos colmillo) los pormenores que podría traer la cabalgata. Así que me puse el abrigo, me agarré del brazo de mi señora esposa y me fui para la calle.
Y entonces se desencadenó el horror en todo su máximo espectáculo. Entre luces de coches patrulla y calles medio apagadas (en Santa Cruz de Mudela se sigue una política de ahorro con respecto a la iluminación nocturna) aparecieron los muñecos de Bob Esponja desfilando... Conmocionado, mis oídos percibieron una música estridente y nada apropiada para la cabalgata, algo así como un chunda chunda poligonero que surgía de los altavoces de un coche, tras el cual unos muchachos que desfilan en carnaval se afanaban por bailar una coreografía hilarante con pocas concomitancias con los Tres Reyes Magos, la historia bíblica y mil y un aspectos más que no desgranaré porque no tengo espacio y no pretendo aburrir aún más al personal.
Pero la guinda del pastel vino con el supuesto tren. No soy experto en máquinas de vapor o diésel, como otros conocidos míos, pero me esperaba poder reconocer vagamente la supuesta locomotora que acompañaba a Sus Majestades orientales. De hecho, me esperaba al menos un tren, pero la historia se reescribe con guiones desquiciantes que, muchas veces, superan la ficción más atrevida. Sí amigos, el tren era una furgoneta recortada a la que iba enganchada un remolque. El techo, en un alarde de gusto exquisito, consistía en unas lonas o telas de estampado florido tan horrendo que mi aparato digestivo, al igual que el del gran Ignatius, se revolvió inquieto y comenzó a cerrar la válvula pilórica. Tal vez esté siendo demasiado purista, me decía a mi mismo mientras contemplaba la escena entre fascinado, excitado y compungido. Pero mi amor por los caminos de hierro me impelía a escribir estas líneas y clamar, oh yerro maldito, por tu intromisión en el desfile de los Reyes Magos y por la inclusión de una furgoneta en lugar de un noble tren. 
Luego, cuando hubo pasado toda la escena, volví al solaz y reposo del domicilio, perturbado aún por tales imágenes. El frío se agarraba a mi rostro, a mi cuerpo, y perpetuaba para siempre esas imágenes que, no lo niego, me siguen visitando por las noches, cuando ya todo está tranquilo. Al cerrar los ojos y empezar a contar máquinas de tren con vagones llenos de ovejitas, de repente, una nube negra se posa sobre mí y, como en una película de Hitchcock, comienza a mutar el escenario idílico, convirtiéndolo en pesadilla: sobre los raíles aparece una furgona conducida por Bob Esponja, con Calamardo de revisor, que hace descarrilar a mi humilde máquina de tren y se apodera de mi sueño, mientras el sonido del tubo de escape se fusiona con el chunda chunda discotequero. ¿Debería ir al médico?

jueves, 29 de diciembre de 2011

¿Un año de yerros?

Vaya por delante que hoy me he levantado con una tos terrible y un dolor de cabeza espantoso, así que no prometo ninguna historia emocionante (si es que alguna vez las cosas que cuento lo han sido). Pero en mi malestar general de zumbidos en los oídos, mucosidades en la nariz y vasos con frenadol (marca registrada) me he preguntado si el 2012 va a ser un año de aciertos o un año de yerros. Y no quiero ser pesimista al respecto, porque en estos días de final de curso planea sobre el ambiente una especie de amnistía general que impide a los malos rollos colarse en tromba. Pero lo cierto es que las perspectivas no son muy halagüeñas.
El asunto se parece mucho, curiosamente, al de la instalación de las primeras compañías ferroviarias en España. En principio garantes de un buen negocio, los años posteriores dieron al traste con casi todas las empresas de los caminos de hierro. Si en el comienzo se invertía mucho y bien en estas aventuras peninsulares (sobre todo capital francés), cuando la crisis de 1866 golpeó con toda su fuerza la débil economía de nuestro país se evidenció la fragilidad del sistema y se derrumbó el entramado empresarial, quedando retratados varios protagonistas en el asunto: los gobiernos incapaces, los apetitos voraces de los inversores, la mala calidad del servicio, la fragilidad de las instalaciones, lo desquiciante de algunos trayectos, etc...
Y hete aquí que estamos ante una situación de cierto parecido con aquella. Si bien es cierto que en el siglo XIX no existían las insidiosas y pérfidas agencias de calificación (que parecen dirigidas por un Lannister, habida cuenta de su voracidad por el vil metal), la especulación de entonces y la de ahora circulan por raíles paralelos. No voy a afirmar rotundamente que son idénticas, pero unas gotas de inestabilidad en los mercados han provocado el maremoto posterior de la economía mundial, igual que unos pocos resultados negativos provocaron la suspensión de los tendidos viarios, el pacto de Ostende y la posterior caída en desgracia de Isabel II (la cual, por cierto, se había labrado un historial digno de una película de serie Z: amantes a tutiplén, rabietas infantiloides con los ministros, credulidad rayana en lo absurdo dentro del campo de los estigmas de Sor Patrocinio, etc.). En 1868 se inauguraba una nueva etapa en España, la primera verdaderamente democrática, que intentaba borrar los antiguos malos usos y poner en marcha una serie de políticas que permitiesen al país salir del ostracismo al que lo habían conducido los malos gobernantes anteriores.
Y hoy en día circulamos por el mismo itinerario. Ya se ha producido el cambio de gobierno que algunos tanto deseaban (al menos no ha ocurrido como en otros países y lo hemos podido llevar a cabo de forma civilizada y bajo el paragüas de la democracia representativa, sin que hayan tenido que venir a ponernos unos tecnócratas (que ahora se llevan mucho)). Pero mucho me temo que la historia se volverá a repetir y que ahora, como entonces, los impulsos iniciales de reformas, cambios y cuernos de la abundancia quedarán en nada. Y entonces se hará verbo esa deliciosa historia de una familia santacruceña que se dedicaba a la venta de navajas a principios del siglo XX. Es una historia que nos muestra a la mujer manchega en todo su esplendor y resignación, a esa heroína que de lo negativo siempre sabía sacar unas cucharadas de positividad. Pues resulta que esta humilde familia de navajeros sufría los peores y más terribles padecimientos a causa de ser el padre un bebedor empedernido. Por desgracia y debido a su afición, el hombre murió joven aún, y los hijos lo lloraban en la casa. La madre, imaginamos que también llena de pena pero haciendo de tripas corazón, se acercó a los muchachos y exclamó: ¡No lloréis hijos míos, que esto se esperaba! Y luego añadió: ¡Y menos mal que ha sido padre y no el borrico! Pues ese será nuestro consuelo, saber que todo lo que venga ya ha sido escrito con anterioridad y, por tanto, no nos sorprenderá.
Y naturalmente, de todo corazón: feliz año 2012.


miércoles, 21 de diciembre de 2011

El yerro no debe morder la mano que le da de comer

Las compañías privadas de ferrocarril estuvieron vigentes en España durante la primera fase del ferrocarril, más o menos a pleno rendimiento hasta la dictadura de Primo de Rivera, pasando por un bache económico muy serio durante la II República y la Guerra Civil y quedando en manos del Estado a partir de 1941 con la creación de RENFE. Es muy curiosa la historia de estas empresas de trenes, tanto en su vertiente histórica como en la económica e incluso en la social. Las compañías ferroviarias aterrizaron en España cuando la política liberal se asentó y se concretó el modelo a partir de la ley de 1855. En un principio de capital extranjero (básicamente francés) las compañías fueron nacionalizándose con el paso del tiempo, influyendo en innumerables facetas de la vida cotidiana y permitiendo a ciertas zonas geográficas de la nación prosperar y experimentar con una incipiente industrialización que no pasó, en muchos casos, de la de transformación primaria, pero fue industria, qué caray (ahí están las alcoholeras, bodegas o fábricas de harinas, por ejemplo (maravillosa, por cierto, la de Manzanares, localidad en la que últimamente ocurren cosas curiosas, pero eso ya lo comentaremos)). 
No es necesario decir que el corporativismo de esas compañías existía: los empleados y afines a las mismas defendían con saña los proyectos y acciones de tales empresas, y veían con malos ojos los trayectos que otras compañías (asentadas o nacientes) pensaban (y ahí está el caso del Valdepeñas a Infantes). Hoy, queridos amigos, me gustaría incidir en ese corporativismo y parcialidad de las compañías de caminos de hierro para comentar una pequeña historia que esta semana me ha ocurrido y que también tiene que ver con la obediencia debida, en este caso a unas siglas políticas.
Resulta que el martes día 20 de diciembre el telediario de las dos de la tarde de Castilla-La Mancha (dirigido por la periodista Concha Boo) sacaba, a bombo y platillo, una noticia sobre la región que había aparecido en el diario francés Le Figaro (os dejo el enlace: http://www.lefigaro.fr/conjoncture/2011/12/19/04016-20111219ARTFIG00472-tolede-capitale-de-l-austerite-et-laboratoire-du-pp.php). En el telediario se afirmaba, en tono exultante y laudatorio, que los franceses se habían fijado en la política de Cospedal, que nuestra región se había convertido en el laboratorio de pruebas de España y que un periódico tan importante como Le Figaro lo sacaba en las primeras páginas (mostrándose por cierto una imagen de nuestra presidenta dirigiéndose a las masas, imagen que aparecía en el diario y en su página Web). Hasta ahí todo normal...
Sin embargo, yo había tenido oportunidad de leer esa misma noticia unas horas antes, ya que por azares del destino y dada mi condición de estudiante de francés suelo revisar la prensa gala todos los días. Y hete aquí que al cronista se le olvidó comentar algunas cosas que sí se decían en el artículo de Le Figaro: la rebaja del sueldo a los funcionarios (a pesar de tener que trabajar más horas (Travailler plus por gagner moins lo llama el periódico)), el impago a las farmacias, el déficit de más de un 4% que a pesar de los recortes sigue sin bajar, etc. Vaya por delante que Le Figaro no es precisamente un periódico de izquierdas, por lo que todo ello estaba, a priori, dulcificado. Y sin embargo la noticia que se nos presentó, con sus omisiones y olvidos, nos hablaba de un gobierno regional admirado en Francia y modelo a seguir en España (vuelvo a insistir que el tenor del artículo no era ese, ni mucho menos).
Obviamente quedé en estado de shock ante tamaña manipulación informativa, pero luego pensé que, como las compañías privadas, ahora es el turno de que estas noticias halaguen a la mano que les da de comer. No en vano otros presentadores que se sentaron anteriormente en ese mismo plató hicieron algo parecido cuando distintos colores pintaban el suelo de la región. Obvia decir que, a pesar de las repeticiones, de los anuncios, de las pausas de 30 segundos y volvemos y de saberme de memoria varios capítulos, seguiré viendo los Simpson a la hora de comer, al menos mientras no hablen de primas de riesgo, bancos taimados o mini jobs.


viernes, 16 de diciembre de 2011

...Y el yerro era Dios

A veces en el mundo real, en el mundo exento de las bellezas y sopores de los sueños, en el mundo crudo, tremebundo, en el mundo que abofetea sin piedad, a veces ocurren hechos increíbles que, al menos para mí, no tienen explicación. Por ejemplo, ver entrar un tren de los años sesenta en una vía del siglo XXI (como ocurrió en Valdepeñas hace poco con la visita de los amigos del ferrocarril de Madrid y su suiza en perfecto estado (aunque lo de perfecto es casi eufemismo)). Por ejemplo, entrar en la nueva sala de investigación del museo de ferrocarril y alegrarte por las enormes mesas y decepcionarte por el pequeñísimo espacio que se ha reservado al sufrido investigador del tren. Sin embargo hoy quiero comentar un asunto que me lleva dando vueltas por la cabeza y al que no le encuentro sentido, ya perdonaréis mi estulticia: las gafas de pasta extragrandes.
La primera vez que me calzaron unas antiparras tuve un fogonazo de lucidez que me alumbró por dentro, y que venía a decirme que las horrendas monturas enormes que tapaban media cara y dejaban los ojos arriba, como si fueran dos soles a mediodía sobre el horizonte tristón de tus mejillas, eran tan insufribles, incómodas, antiestéticas y crueles que nunca me las volvería a poner (promesa fútil porque tuve, al menos, tres pares de esas enormidades). Cuando salieron las gafas con montura al aire (también horrendas en su concepción, formato y ligereza) me aseguré, por todos los medios, que salvo intoxicación etílica o por otras circunstancias (secuestro exprés, asunto de vida o muerte, herencias a recibir, etc.) tampoco me las pondría. Y ahora, de repente, veo a jóvenes de ambos sexos con unos gafotes gigantescos, cutres y como muy retros, que te miran desde su posición yo-estoy-a-la-moda-y-tú-no (a pesar de llevar gafas desde los 14 años) y te fulminan con su mirada cubierta de tan pantagruélico elemento de visión. Y es curioso porque de esos mismos portadores de moda en lo tocante a la miopía, hipermetropía, astigmatismo y demás incorrecciones yo me carcajeo, al igual que debe estar haciendo, a todas horas, el tipo que convenció a estos gamins de que llevar esas gafas eran lo más sofisticado del mundo.
El problema que me suscita esta moda es saber si el asunto va a ir más lejos y va a desembocar en bochornosas modas futuras, como cristales opacos de colores chillones (¿por qué no?), patillas extragandes en las que ubicar neones estridentes con tu nombre y el de tu churri o recuperar el siempre útil y nunca bien ponderado cordoncillo anticaída, sólo que esta vez imbricado con las rastas, pulseras o colgantes étnicos, de estos que aportan feng shui molón.
Vale, lo admito: mis palabras pueden parecer reaccionarias, al fin y al cabo la gente se pone lo que quiere y ya está. Estoy seguro que la cosa no es para tanto y mis quejas son las propias de alguien que va ya para viejuno, que se ríe con José Mota y se come, obediente, las uvas en nochevieja viendo las campanadas en la 1. Pero no me negaréis que a vosotros también os ha dado cosica alguno de estos jóvenes que, pertrechados de cascos extragandes de la marca Elche's woman, los pantalones cagaos y los gafotes gigantescáceos, te miran desde su insultante, fresca y deseable juventud y compadecen tu apagado vestir, triste indumentaria y correcta apostura, lo que me recuerda, ahhh tempus fugit, que alguna vez también fui uno de esos muchachos imberbes que portaba pulsera de pinchos y melenas cutres. Sí, ya sabéis, justo en ese momento en que uno se creía el rey del mundo. Menos mal que algunos políticos y banqueros nos han permitido, a base de collejas, darnos cuenta de la realidad. Y de lo mal que huele.