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domingo, 5 de febrero de 2012

El yerro del Oeste


Hace pocos días tuve ocasión de volver a ver un clásico del cine, de esos que se dicen indispensables para conocer las glorias del séptimo arte: Union Pacific. Dirigida por Cecile B. De Mille en 1939 (en ese año convulso en el que tantas cosas terminaron y otras tantas dieron comienzo, seguramente igual de ominosas unas y otras) cuenta las peripecias que sufrió el tendido de la línea que conectaba el interior estadounidense con el legendario oeste, con ese océano pacífico que marcaba la frontera de la extensión colonizadora a costa de muchos sufrimientos, disparos, carne de bisonte y algunos indios norteamericanos fallecidos (ya saben, aquello que decían los tres de las Azores de los daños colaterales).
La cinta, de más de dos horas de duración, está filmada con maestría y con esa languidez del cine clásico, sin prisas, contando poco a poco cómo se desarrolla la construcción de una de las líneas ferroviarias más largas del momento, con sus problemas, estratagemas de los rivales, accidentes y, naturalmente, conflictos con los nativos (a los cuales, por cierto, se les hace un retrato poco o nada favorable, ya que se incide en la supuesta estupidez de estas gentes y en su actitud sanguinaria). En cualquier caso esta circunstancia no debe enturbiar el visionado de esta obra maestra del cine ferroviario, que desde luego recomendamos. No solamente por ser un documento excepcional sobre las vicisitudes que acontecían a la hora de plantar una línea ferroviaria, sino también por las máquinas de vapor que aparecen en el film, por los vagones ornados y completamente equipados para tomar una cena decente, por las actitudes de los colonos, entre fanfarrones y desafiantes, con sus winchester siempre a mano... Además de por todo esto la película debe ser vista por su preciosismo y por la multitud de historias que va narrando, en ocasiones con un tono épico que no desmerece el de una de romanos, dicho sea de paso. Y hay que verla porque en el film se pone de manifiesto el proceso colonizador de Estados Unidos.
No hay que olvidar que la colonización, tanto estadounidense como europea o japonesa, fue un asunto traumático: Acepta la carga del hombre blanco / envía fuera lo mejor que hayas criado / que tus hijos vayan a unirse al destierro, / a servir las necesidades de tus esclavos; / a prestar un duro servicio activo; / a un pueblo agitado y salvaje; / vuestros hombres sombríos, recién capturados, / mitad demonios y mitad niños. El poema es de Kipling y lo escribió en 1899, en pleno apogeo imperialista. Resume a la perfección lo que significó para muchos europeos la aventura colonizadora de remotos continentes y el doble rasero con el que deben verse muchas de estas iniciativas. Ciertamente, muchos veían en la empresa una contribución decisiva al bienestar mundial de la humanidad, pero esas acciones de los educados y desarrollados europeos no podían ocultar el reverso de la moneda, es decir, el egoísmo, la complacencia y condescendencia de los muy civilizados y, por encima de todo, la depredación y el mercantilismo puro y duro.
Para Hobsbawn (uno de los autores que más y mejor han estudiado todo lo que tiene que ver con el imperialismo) las consecuencias de la colonización fueron enormes. Para los colonizadores, el capital invertido generó grandes beneficios económicos, lo que posibilitó un nuevo impulso a la industrialización. Los colonizados experimentaron transformaciones profundas: sustitución de una economía de autoconsumo por una situación de dependencia de la metrópoli, rápido crecimiento demográfico y mejora de las infraestructuras. En cualquier caso, el brusco impacto de la cultura occidental perturbó profundamente las tradiciones y formas de vida de estos pueblos. Esos países europeos que se enfrentaban en el mapa colonial fueron los que, posteriormente y al amparo de  las alianzas estratégicas, se enzarzaron en una cruenta guerra de gran impacto social y de consecuencias duraderas, dejando heridas sin cicatrizar que aún hoy siguen sangrando.