viernes, 14 de septiembre de 2012

De cómo las cosas, a veces, circulan por raíles insospechados

Allí estaba la señora, frente a una de las muchas cámaras que han acudido a su domicilio particular a grabarla, a enseñarnos su rostro, a señalarnos a la autora de la infamia. La mujer podría haberse negado a abrir la puerta de su casa y haber mandado a los periodistas (numerosos, desde luego) mismamente a donde fue el carro el cojo, pero imagino que la buena educación y el hecho de no saber que iba a ser crucificada le impidieron hacer uso de tan sacro derecho. El rostro, ajado por los años y adornado con unas antiparras grandes, de esas que harían las delicias de un gafapástico, expresaba una angustia y un pesar auténticos, genuinos. Las manos no las recogía el cameraman, ocupado en filmar hasta el último detalle del rostro culpable, pero estoy seguro que se estrujaban de pura desesperación, enredadas tal vez en la blusa o en un mandil de medio cuerpo, vaya usted a saber. La anciana estaba acompañada, en todo momento, por una amiga, por una de ésas que nunca te van a dejar sola (y menos el día en que unos de la tele asoman el hocico por tu casa). La colega asentía con énfasis tras las frases de la artista reprendida, que se intentaba defender como gato panza arriba de las acusaciones vertidas en su contra.
El asunto, desde luego, parecía grave. Un retrato del Ecce Homo pintado hace unos cien años había sido restaurado por la señora Cecilia con tal mala praxis y técnica que se había convertido en una caricatura siniestra y simiesca del anterior modelo. El rostro primigenio, que miraba hacia arriba con ojos contemplativos, no era una obra maestra, eso está claro, pero era identificable como un icono religioso. La corona de espinas estaba en su sitio, el sayo de tela basta daba a la figura del Cristo recién castigado una humanidad casi dolorosa y su posición en las cercanías del altar le proporcionaba un lugar de privilegio para mirar hacia la concurrencia y para que ésta lo mirase. Sin embargo el paso del tiempo no perdona. Ya escribió Cervantes en el XVII, mucho antes de que todo esto ocurriese, que no hay memoria a quien el tiempo no acabe ni dolor que muerte no le consuma. Y en efecto, las humedades, cambios de temperatura y otros agentes perniciosos fueron deteriorando la figura del Ecce Homo. Cecilia, con más buena intención que pericia, decidió que ya estaba bien de esas manchas blancuzcas tan horribles, y se aplicó a la tarea de restaurar el rostro de Cristo. La cosa no nos debe extrañar, porque esta mujer ya había repintado el sayo en otras ocasiones, contando para ello con la aquiescencia de las autoridades, tanto las eclesiásticas como las terrenales. Por eso no extrañó que, pinceles en mano, nuestra artista se remangase y se pusiera manos a la obra, pariendo un engendro amorfo y sin definición el cual, no obstante, ha permitido al pueblo de Borja posicionarse en el mapa de España, acoger a numerosísimos turistas amantes de lo kitsch y del cutrerío que han ido a fotografiarse con el Ecce mono y consolar a los directores de informativos, que han podido rellenar el verano con el affaire Cecilia.
Sinceramente, me apena el total abandono que esta mujer ha experimentado, y me aterra la crucifixión que ha sufrido la pintora. Sí, ya sé que no debería haberse metido a mayores con una pintura que se encontraba en la iglesia local y que no le pertenecía, pero su acto no se cometió con nocturnidad ni alevosía, sino a plena luz del día y con conocimiento de los que mandan, que son precisamente los que ahora callan, se van por la tangente y lanzan los balones fuera, hacia el campo de Cecilia, que no pudiendo soportar la presión cedió a ella y tuvo que ser hospitalizada presa de un ataque de ansiedad, pues ya se hablaba de denuncias, multas y cárceles (y ya nos contó Padre de familia qué ocurre dentro de las celdas con el jabón). El acto de Cecilia es el de otras muchas mujeres que han retocado y restaurado por su cuenta y riesgo otras figuras de la devoción popular. Y no lo digo por decir, lo afirmo con conocimiento de causa. Que el hecho haya trascendido como lo ha hecho no implica que otros muchos casos parecidos no se hayan producido, y lo seguirán haciendo mientras el cuidado y atención de muchos templos recaiga sobre la feligresía, ya que la administración, esa que tan plácidamente ahora nos ofrece explicaciones sesudas, cabecea con condescendencia insultante y se desmarca de cualquier responsabilidad, esa misma administración que debe proteger el patrimonio, prefiera gastar el dinero en saraos, edificios ominosos que se cierran tras la inauguración y asesores políticos que acosejan y escriben todo lo que el político debe decir, no dejando asunto alguno al albur. 
Esa administración que ahora manda técnicos restauradores a toro pasado es la que debería encargarse de que el patrimonio local, comarcal, provincial, regional o nacional no se pierda como lo está haciendo. Es insoportable que ahora los responsables de asegurar la pervivencia de los bienes muebles e inmuebles salgan frente a las cámaras a esgrimir sus razones, a darse pisto y a contarnos que van a hacer todo lo posible por arreglar el Ecce Homo de Borja. Y sin embargo, olvidadizos ellos, y desde luego con poca valentía, no son capaces de subir al estrado y asumir que sí, que el hecho se produjo por la desidia y dejadez de los representantes del pueblo, que el patrimonio les importa básicamente nada, y que tras el revuelo y la desaparición de las cámaras, periodistas y curiosos el asunto va a seguir discurriendo por los raíles que suele, es decir, poco dinero para la cultura, el arte y el patrimonio, que además se verán recortados porque somos unos manirrotos que no sabemos administrarnos. Y por cierto, ¿cuántas agresiones ha sufrido el mundo ferroviario y cuántas de ellas han salido en prime time? ¿Cuántos gañanes han puesto su nombre en las fachadas de una estación y no han sido entrevistados en los telediarios? ¿Cuántos edificios han desaparecido sin que la gente lo sepa? 
No sé cómo estará ahora mismo Cecilia. Espero que se haya recuperado y que los familiares del artista que pintó al Ecce Homo de Borja reconsideren su posición y dirijan sus iras contra los verdaderos culpables de este desaguisado. De lo que estoy seguro es de una cosa: Marcel Duchamp hubiera estado muy orgulloso de Cecilia, porque su obra es lo más Dadaísta que he visto hace mucho. Es el mejor ready made desde el de la Gioconda. Vamos, que si afino el oído puedo escuchar al autor de la Fuente descorchando champán, vino o lo que sea que beban los artistas malditos...



domingo, 26 de agosto de 2012

Tadeo (con dos) Jones

El 31 de agosto se estrena en España Tadeo Jones (en 2 y 3D, of course). Ya he visto el tráiler en la tele (aquí tenéis la Web oficial: http://www.tadeojones.com/) y he podido disfrutar de un corto bastante divertido sobre la mano de Nefertiti, que imagino se podrá ver antes de la película en sí, a modo de aperitivo. La cinta, en principio, tiene buena pinta, aunque también la tenía Planet 51 y luego fue una auténtica cagada de refritos, poco humor, nula inspiración y, sobre todo, demasiado previsible. En cualquier caso, y como sé que otros mucho más expertos que yo en la materia dirán lo que deban sobre Tadeo Jones (que es como decir que Roselino, seguramente, pondrá algún artículo o comentario en el que desmenuzará concienzudamente la cinta), creo que me voy a dedicar a uno de mis deportes favoritos, es decir, el tema elegido por los guionistas: la arqueología.
El 30 de julio volví a coger el pico, la esportilla, el aciche y el paletín con motivo del X curso de arqueología de campo que organiza Orisos (y en el que colaboran la UNED de Valdepeñas y el Ayuntamiento local). Allí estuvimos, hasta el 10 de agosto, unos cuantos enamorados del mundo ibérico y del Cerro de las Cabezas. En esos días fuimos retirando los estratos de los cortes asignados, siguiendo el método Harris y poniendo cuidado en no mezclarlos, romperlos o confundirlos, para lo cual contamos con la supervisión de Tomás y Julián, que en estos días se multiplicaron para atender a los tres grupos. El curso estuvo bastante bien, y aunque el objetivo del mismo era la comprensión teórica y práctica de la estratigrafía, también tuvimos oportunidad de poder exhumar distintas piezas cerámicas de todo tipo (cocina, estampilladas, grises, etc.), un suelo cenizoso sobre el que aparecieron algunos objetos de interés, un fragmento de pasta vítrea... Fueron dos semanas intensas pero bien aprovechadas, en las que de nuevo tuvimos la oportunidad de entrar en contacto con la arqueología bien hecha y con las características intrínsecas de esta ciencia que todavía tiene mucho que enseñarnos. Y me refiero, lógicamente, a la verdadera arqueología, a la que se hace como norma general, a la que huye de la búsqueda del tesoro, a la que intenta comprender la sociedad del pasado atendiendo a la generalidad de una excavación y no la que se limita a recoger una pieza soberbia, musealizarla y exhibirla en un lugar convenientemente iluminado, salir en los periódicos rodeados de cámaras, micrófonos y flashes y luego si te he visto no me acuerdo...
Me parece bien que se hagan películas como la de Tadeo Jones, pero me temo que la cinta va a ser un remedo de la saga de Indiana, quizá con más humor o con una visión más festiva y destinada a todos los públicos, pero remedo al fin y al cabo. Los que me conocen saben de mi aversión al ínclito profesor Jones, cuyas películas me parecen una burla despiadada a los que trabajan en la arqueología. No voy a negar que algunos profesionales eméritos y famosos (y yo los he sufrido en mis propias carnes) han pretendido seguir una tercera vía entre la espectacularidad del látigo de Jones y la sobriedad de los buenos técnicos arqueólogos, pero no es lo habitual. Hay que soportar calor, incomodidades, suspicacias, envidias, puñaladas traperas y un montón de sinsabores para llevar a cabo una excavación. Y si a ello sumamos la actual situación económica podréis entender que ahora mismo los yacimientos en España (al menos los de esta región castellanomanchega) están desatendidos por falta de recursos. Y mira que hay profesionales buenos, maravillosos, que planifican una excavación atendiendo a todos y cada uno de los detalles que hay que tener en cuenta. Pero desgraciadamente y a causa de los malentendidos y medias lecturas que se hacen de la arqueología, la gente todavía piensa que uno va al corte ataviado con un sombrero de cuero, botas de cowboy (las espuelas son opcionales), chaleco ajustado a unos pectorales anormalmente inflados y un látigo colgando del pantalón (el cual, a pesar del polvo y de la suciedad siempre va impolutamente limpio y planchado).
Quizá de toda esta situación no solamente sea culpable el maldito profesor Jones, seguramente los propios arqueólogos tienen parte de culpa por no haber cortado la Castellana con cada estreno mundial y, al estilo de los mineros en Madrid, liarla parda y protestar por la visión sesgada, maniquea y gratuita que se da de la ciencia arqueológica en las películas de Indy. Es frustrante ver cómo este supuesto profesor universitario llega a un sitio, paraliza a todo el mundo con su encanto tipo splendid isole, descubre un objeto que llevaba desaparecido desde el año del hambre y, ni corto ni perezoso, se lo lleva consigo a su patria natal donde, triunfante, lo exhibirá para contento de los aburguesados, que cabecearán comprensivos cuando Jones, con su proverbial labia, explique cómo ha quitado este preciado objeto a una panda de ígnaros, bárbaros y analfabetos que no sabían que poseían un tesoro entre sus manos... Y bueno, si lo sabían peor para ellos, que se hubieran preocupado por aprender inglés para explicarse, que uno no puede aprenderse todas las lenguas del mundo... 
No creo que vaya a ver Tadeo Jones, aunque lo mismo hago el esfuerzo (como hice con las películas de Indiana) y disfruto de la animación, las bromas y los gags. Eso sí, tendré que abstraerme y pensar que, en lugar de la arqueología, estoy viendo a un albañil (la verdad es que los guionistas podían haber elegido otro tipo de profesional, que no está el ladrillo como para hacer mofa del mismo) que descubre un tesoro en su cuarto trastero. Porque la otra opción es blasfemar en buen castellano en el cine, y uno tiene ya demasiados años para ello. 


sábado, 4 de agosto de 2012

Yerro y arqueología

Excavar en el  Cerro de las Cabezas tiene muchas ventajas. Conoces a un montón de personas que tienen las mismas inquietudes que tú, aprendes de los mejores arqueólogos de Ciudad Real, encuentras restos del pasado que, perezosos, van saliendo a la luz, compartes conversaciones, sudor y esfuerzo con compañeros/as a los que llegas a apreciar de verdad, haces un poco de ejercicio gracias al pico, las carretillas, las esportillas y las legonas... Y además, te encuentras en el mejor sitio para ver pasar los trenes. Ya sé que el yacimiento es una maravilla y que sus características lo hacen único (14 hectáreas, cronología desde el VIII-II a.C., incontaminado por otras culturas, centro difusor de cerámica estampillada, y así un largo etcétera)... Pero para mí es un enorme placer poder levantar la vista del corte que en ese momento estás excavando y ver circular un mercancías, o el media distancia que hace el trayecto entre Jaén y Madrid. El sonido llega nítido, sobre todo el de las máquinas diésel, y como quiera que la llanura manchega permite enormes rectas el visionado de estos trenes se realiza en condiciones perfectas.
Además, me temo que no soy el único que durante la jornada de excavación levanta la vista para contemplar a estos monstruos de metal. Otros compañeros/as también lo han hecho, muchas veces, y el resultado siempre es el mismo: comienzas a mirar hacia un extremo de la vía y vas desplazando, lentamente, tu  cabeza hacia el otro lado, sin perder detalle de los vagones, de su color, de la composición del tren, de su velocidad, su sonido (que a veces se mezcla con el ruido infernal de la autovía)... Y una vez que el último vagón ha franqueado el puente que se encuentra al lado del de San Miguel vuelves a coger el astil de madera del pico y a seguir hundiéndolo en la tierra, que después de tres o cuatro días de intenso trabajo está más dúctil, más húmeda, menos compactada. Sí, es cierto, este año en el corte apenas nos está saliendo cerámica (algunos buenos fragmentos de la gris, que es muy bonita), pero a huesos no nos gana nadie, creo que hemos desenterrado ya medio rebaño.
El curso de este año es de reencuentros, de viejos y nuevos amigos y de experiencia, mucha experiencia. La crisis afecta, sobre todo, al mundo de la cultura, del patrimonio, de la educación, de la sanidad... Y a la arqueología, ya lo creo. El yacimiento lleva dos años sin campaña de excavación, y Orisos (que es quien organiza el curso) junto con el Ayuntamiento de Valdepeñas y la UNED decidió seguir programándolo. El año pasado se llevó a cabo, y este año también, a pesar de cómo está la situación. Me alegro de que la directiva de la asociación haya apostado por la continuidad, habla a las claras del compromiso de todas estas personas con la cultura y con la defensa del patrimonio local y comarcal.
Como este año somos pocos nos hemos dividido en tres grupos, bien avenidos y repartidos. Conmigo y como podéis ver en la foto que amablemente nos hizo Tomás Torres (seguramente el mejor arqueólogo que conozco (con el permiso de Julián y Javier)) está Tonka, Llanos y Juanma, tres maravillosas personas con las que trabajar, bromear y profundizar en el mundo arqueológico. Tal vez estéis pensando que estaríamos mejor en el salón de casa, a la sombra, viendo en la tele un documental de cómo se excava; que nos encontraríamos mucho mejor con una bebida fresca en las manos, en lugar de estar picando y levantando polvo a 38 grados centígrados; que por las tardes la siesta es sagrada y no la deberíamos cambiar por limpiar cerámica o escuchar charlas sobre estratigrafía... Pero es que la tierra roja del Cerro tira mucho, y si además los de Orisos tienen la enorme deferencia de contar contigo es porque, verdaderamente, este año había que estar allí, en la ladera, picando, rascando y perfilando. Y, por supuesto, contemplando el discurrir de los trenes por la llanura manchega, al lado del Jabalón. Menudo lujo de campaña, ya os lo digo yo.



lunes, 16 de julio de 2012

Otro 18 de julio se avecina...

 No, no me entendáis mal, no me refiero a que la situación en este país es tan mala que podría ocurrir un nuevo golpe de estado y liarse pardísima otra vez, me refiero a que el miércoles es mi aniversario. Hasta ahí todo normal, me diréis. Es algo que, por regla general, hacemos todos los humanos (excepto algunos conocidos que prefieren conservar para sí su edad y siempre cumplen, ¡oh misterio insondable!, 43 años). El problema es que, además de que uno va pisando las inseguras tablas que cercan la fortaleza de los cuarenta, la fecha no es del todo amable. Algunos nacen el 25 de diciembre, o el 24, y todos coinciden en resaltar lo significativo del evento; otros han venido al mundo en fechas que marcan inicios de equinoccios, solsticios, días de la hispanidad o celebraciones varias...
...Y otros hemos nacido el 18 de julio. He ahí el motivo, el dilema, mi gran preocupación, mi marca negra e indeleble. Para un historiador la fecha resuena como una lúgubre campana en el interior del cuerpo, porque ese infausto día tres generales del ejército español (Franco, Goded y Mola) decidieron levantarse contra el gobierno legítimo de su patria y llevar a cabo un golpe de estado que se extendió a lo largo de tres años, en una guerra sin sentido que arruinó al país y cercenó las pocas esperanzas de libertad, igualdad, educación y modernidad que a la II República le quedaban. 18 de julio, día del Alzamiento nacional, anteriormente fecha de celebración (que ya me diréis qué demonios podía celebrarse: ¿la masacre de inocentes? ¿El comienzo de una guerra? ¿La destrucción de la industria nacional? ¿Los penosos años de autarquía paupérrima y de aislamiento internacional?). Y yo, incauto de mí, fui a nacer en tamaña fecha, que tantos regustos amargos me provoca. Pensaréis que la cosa no es para tanto, caramba, que debería hacer un esfuerzo por entresacar lo positivo del día y exorcizar al demonio funesto, al demonio sangriento y vil que me amarga la tarta de cumpleaños... Pero es complicado hacerlo cuando uno se pone a pensar en lo que inició esa fecha, en lo que supuso para los sufridos españoles de aquella época, en la violencia desatada en los dos bandos, en las venganzas y las deudas de sangre... Y sobre todo en la brutal y carbonizadora represión, en la justicia al revés (es decir, calificar de levantados contra la legalidad a quienes defendieron el gobierno legítimo de España), en la amenazadora sombra de la desafección... Hay tanto sufrimiento provocado por el 18 de julio, tantas voces exclaman su inocencia desde una cuneta o desde un panteón, desde una fosa común o desde las raíces de un olmo, que no puedo concentrarme en los fastos que todo cumpleaños lleva parejos.
Además de las cuestiones históricas existen otros motivos, algunos añejos ya, para que la fecha de mi cumpleaños sea algo secundario. Por ejemplo, el hecho de cumplir años en verano es una pesada carga cuando estás en primaria, porque nunca puedes llevar caramelos y adquirir cierto protagonismo, pasajero bien es cierto, pero protagonismo al fin y al cabo. Si me apuráis, el asunto se parece mucho a las compañías ferroviarias privadas o de pequeño tamaño: son muy recordadas en su área de influencia, en la zona en la que desarrollaron su tarea, pero se pierden en el miasma de la gran historia del ferrocarril español. Pues con los cumpleaños en verano ocurre lo mismo, que los recuerdan tus familiares y amigos (ahora también los agregados al feisbuk), pero nunca podrás decir que una vez toda la clase celebró tu aniversario con canciones moñas.
Luego, cuando uno crece, es más factible correrse una juerga con los amigos en el parque municipal para celebrar el acontecimiento, pero dio la casualidad de que esa fecha siempre coincidía con mi estancia lejos del hogar, estancia no de plaisir, que dicen los franceses, sino para trabajar de ferias (ahora no recuerdo si nos pillaba en La Roda o en Toledo, pero desde luego no en Santa Cruz). Para cuando se terminó el asunto de la venta ambulante comenzaron otros acontecimientos que sepultaron el hecho del cumpleaños en lo más hondo de las celebraciones: bodas y muertes de familiares, la mili en Canarias, y así un largo etcétera con el que no os aburriré. Tal vez por todo ello no me guste celebrar el cumpleaños, y procuro estar siempre lejos de casa ese día, seguramente como remembranza de otras estancias en tierras lejanas coincidentes con mi onomástica. Pero el motivo principal es el maldito 18 de julio. 
Era viernes, o al menos eso dice internet, y también sé, por lo que me han contado, que la feria de Santa Cruz se celebraba por aquél entonces. De hecho, el 18 era la apertura de la fiesta, con fuegos artificiales y todo eso (obvia decir que mi nacimiento impidió a mis progenitores contemplar tamaño espectáculo, y de paso también a mi tío Pepe, que fue quien llevó a mis padres al hospital de Valdepeñas). Curiosamente ese 18 de julio fue el último que se celebró bajo la mirada de Franco, ya que el dictador murió ese mismo año, un 20 de noviembre. Ya sé que el hecho tendría que alegrar un poco los regustos amargos que me provoca pensar en el alzamiento nacional, pero ni así lo consigo. Supongo que será una carga que habré de llevar toda la vida, igual que las compañías ferroviarias de ámbito comarcal o provincial siempre supieron que su ámbito de acción no rebasaría su territorio. En fin, no le daré más vueltas: cumplo años de nuevo, y otra vez en 18 de julio, qué le vamos a hacer.
Por cierto, hablando de trenes, hace tiempo que no me asomo al blog con una buena historia sobre el particular. Me la reservo para la próxima semana. Será mi regalo de cumpleaños.


sábado, 7 de julio de 2012

El eterno retorno

Resulta curiosa la manía que tiene la vida de demostrarnos que todo está enlazado y que las casualidades ocurren, sólo que no sabemos si fortuitamente o con intención. Veréis, la semana pasada escribí un artículo sobre una calle de Santa Cruz llamada La roja, artículo que apareció en el Jaraíz del 29 de junio. Pues bien, un amigo del feisbuk puso una foto de esa misma calle, la relacionó con el fútbol, una cosa llevó a la otra, comenzaron los comentarios... Y ahora ya estamos y todo por el latín. Resulta curioso, la verdad, cómo las redes sociales permiten este tipo de interacciones, sobre todo porque mis comentarios (al menos los iniciales) no tenían ninguna intención de adoctrinar, simplemente recordar la historia de esa vía pública y la necesidad de que no confundiéramos el culo con las témporas. En fin, que os dejo el artículo que salió en el citado Jaraíz, así os enteráis de dónde viene el famoso nombre de La roja. Saludos.

 
Capítulo CLXV: Pigs, rojas y cintas de vídeo
En 1989 Steven Soderbergh dirigió una maravillosa película llamada Sex, lies and videotapes que desde entonces quedó etiquetada como una cinta de culto que había que ver (y qué razón tenían, por cierto, los críticos que la recomendaban). Por descontado, no faltaron quienes abominaron de ella, pero los elogios fueron mayoritarios, incluidos los de la estirada Cannes, que premió el film con la palma de oro y el reconocimiento de James Spader como mejor actor.
En 1948 el ayuntamiento de Santa Cruz de Mudela realizó un cambio de nombre en el viario local. Resulta que en la localidad existía (aún existe, por fortuna) una calle llamada La roja. El nombre venía de antiguo, por lo menos desde el siglo XIX, por lo que no tenía ninguna connotación política. Todo parece indicar que en esa vía urbana vivió una mujer pelirroja que terminó dando nombre a la calle. Pero las conciencias nacionales de los dirigentes de entonces vieron oportuno rebautizarla como calle José Antonio (para contrarrestar algo tan grave como La roja tenía que ser con la muestra).
También en 1948 la situación en la España de posguerra parecía a punto de cambiar. Hacía tres años que la II Guerra Mundial había terminado, clausurando con ello (herida cerrada en falso, eso sí) los episodios del fascismo y del nazismo. Franco había iniciado, desde 1943, un repliegue hacia posiciones más neutrales (desde la no beligerancia a la neutralidad; para ello mandó retirar la División Azul ideada por Serrano Suñer y por Muñoz Grandes, como ya contamos aquí en otra ocasión). El ascenso de Truman a la presidencia de EE.UU. y su implacable política con la URSS jugaron a favor del régimen franquista al trasladarse el polo de atención de los Estados occidentales hacia los países comunistas del Este de Europa. Comenzaba la llamada Guerra fría y Franco, que era un convencido enemigo de todo lo que oliera al azufre comunista, aprovechó el momento. El boicot internacional al régimen se fue debilitando, abriéndose de nuevo la frontera francesa precisamente en 1948 y levantando la ONU, en 1950, el veto que había impuesto contra España. Finalmente, en 1953 se produjo el reconocimiento internacional del Estado franquista con la firma del Concordato con el Vaticano y con las negociaciones bilaterales España–EE.UU. en el Pacto de Madrid. Todo ello permitió que España ingresara en la UNESCO para desesperación de los demócratas de nuestro país.
En 2004 los griegos, contra todo pronóstico, se hicieron con el título de campeones de Europa. Con un fútbol rácano y cicatero, los helenos conquistaron un trofeo ante los portugueses y, precisamente, en tierras lusitanas. Parecía entonces que se iniciaba una época extraña en el balompié, que los italianos se encargaron de finiquitar en 2006 con su victoria ante los franceses (los mismos que nos bailaron el agua en octavos y que callaron la boca a algunos periodistas españoles que, ufanos, decían que íbamos a jubilar a Zidane). En cualquier caso, los portugueses quedaron cuartos, lo que indicaba cierta tendencia ibérica a quedar bien en los eventos deportivos.
Para 2008 y con un fútbol exquisito la Roja (no la de la calle santacruceña, que es la original, sino la selección española, llamada así en un alarde de originalidad porque viste, efectivamente, de rojo), se hizo con el título de campeona de Europa, en unos cuartos de final memorables contra Italia y en un partido contra los teutones épico. La racha siguió en 2010, esta vez ante los holandeses. El mundial lo ganamos con más apuros, con algunas críticas al juego de la selección, pero con un espíritu vencedor que permitió soslayar las coces de los oranges, convertidas en una especie de justicia histórica por las barrabasadas que el amigo D. Fernando Álvarez de Toledo, el tercer Duque de Alba, les hizo a sus antepasados en el siglo XVI, ya saben, aquello de entrar a fuego y hierro en los hogares de las Provincias Unidas.
Y este 2012, de momento, seguimos con buen pie. Cuando ustedes lean esto Portugal y España se habrán enfrentado entre sí, lo que produce una especie de paradoja ciertamente curiosa. Verán, de los cuatro países que los norteños, unos cachondos ellos, llaman PIGS (Portugal, Irlanda, Grecia y Spain), dos están en semifinales y otro ha llegado a cuartos. Bien es cierto que nuestra selección, la Roja (no la de Santa Cruz, ya saben) no está jugando como acostumbra y que ya nos conocen y nos ponen trampas, pero de momento vamos salvando los escollos. No sé si España ganará la Eurocopa, pero desde luego en otros aspectos somos los campeones, sin paliativos, de la Europoca: pocas expectativas de crear empleo, poca iniciativa gubernamental por crecer (y mucha por recortar), poca vergüenza torera para admitir los errores y dimitir, pocas verdades, poco interés por la educación y la sanidad... Sinceramente, cambiaba ahora mismo los trofeos de las vitrinas por una mejora sustancial de la prima de riesgo esa, de la tasa de paro, de los índices de pobreza o de las aulas con 42 alumnos. Parca y magra alegría resultará otro título deportivo si el asunto sigue tan tenebroso y oscuro como hasta ahora, dando la sensación, de nuevo, de encontrarnos ante el enésimo episodio del Panem et circenses. En cualquier caso, les reconozco que estoy orgulloso de La roja. Pero de la de Santa Cruz, obviamente. Hasta la próxima. 


martes, 26 de junio de 2012

Todos contra el yerro

Era una maravillosa tarde de marzo, de éstas que languidecen como un bostezo y se estiran hasta lo imposible. De entre las muchas posibilidades que ofrecía la capital (museos, archivos, paseo por el Retiro, compra de libros...) elegí una que siempre me depara sorpresas: la visita a la Biblioteca Nacional. Tras un refrigerio rápido enfrente del magno edificio que atesora gran parte de la cultura y la lengua de nuestro país (edificio que va necesitando de una buena limpieza, todo hay que decirlo) subí las escaleras de un tirón, lo cual no es sencillo debido a la enorme sombra cultural que proyectan las estatuas de Cervantes, Alfonso X o Lope de Vega, por poner algunos ejemplos. Tras pasar el pertinaz control y obtener mi pegatina verde de lector (otros días son rojas) dejé los bártulos en una de las consignas y me dirigí a la enorme sala de lectura. Allí, en los mullidos sillones de buena madera y respaldo alto, ante el escritorio 363 esperando a que la lucecita roja se encendiera para indicarme que la bibliografía solicitada podía ser retirada, allí pude relajarme y respirar auténtica paz, imbuyéndome del espíritu necesario para leer, para reflexionar y para tomar notas, a pesar del animoso vecino de pupitre que se revolvía ansioso en su asiento, herido en su orgullo por no encontrar nuevas notificaciones a sus mordaces comentarios en las redes sociales.
Otros días he subido a la sala de cartografía para repasar mapas de España, buscando la expansión de los caminos de hierro por Castilla-La Mancha, actividad con la que he experimentado un gran placer por el preciosismo de la información gráfica del siglo XIX y por que los mapas antiguos tienen un crujido muy característico que suena delicioso. Pero esa tarde me apetecía leer. Así que pedí varios títulos, entre los que se encontraban un trabajo sobre Arqueología industrial de Kenneth Hudson y un libro de Jean Descola titulado La vie quotidienne en Espagne au temps de Carmen. No tenía muchas expectativas con este libro, porque imaginaba que sería un compendio de estereotipos sobre la situación del país en aquellos momentos. Sin embargo, me sorprendió la mirada que el autor ofrecía sobre la España decimonónica. No se buscaba el recurso a los estándares de siempre (bandoleros, caminos malos, accidentes de la diligencia, toros y toreros, embaucadores y venta de navajas en las ventas), sino que el autor intentaba ofrecer una visión global basándose, principalmente, en información rescatada de autores españoles. Me gustó sobre todo la referencia a la sorpresa y admiración que causaron en las gentes del momento las primeras locomotoras; bueno, también me resultó agradable comprobar que lo que hoy día se conoce como casa rural (y que parece el invento del siglo) ya lo explotábamos los españoles por aquél entonces, sólo que no éramos conscientes de ello y los franceses, además, lo llamaban gîte.
Tras la lectura del libro de Descola y fiel a mi costumbre por llevarme al coleto algo relacionado con los caminos de hierro, leí un pequeño libro escrito por Manuel María Arrillaga que, entre otras cosas, también ponía en solfa aquellas primeras impresiones que las locomotoras produjeron en los habitantes del país. En concreto, me pareció interesante comprobar cómo algunos médicos reputados afirmaban sin ambages que el sistema respiratorio y circulatorio del ser humano no podía resistir una velocidad superior a 40 kilómetros por hora ni el paso de un túnel que excediera de los 100 metros. Leídas ahora, estas frases nos recuerdan cuántas barreras tuvieron que superar los pioneros del ferrocarril. Pero curiosamente, en ninguno de los libros que esa tarde de marzo leí en la Biblioteca Nacional sentado en una silla de nobles maderas y alto respaldo, con el botón rojo parpadeando como loco a pesar de tener conmigo todos y cada uno de los libros pedidos, en ninguna de esas páginas encontré referencia a otro problema que tuvimos que sortear aquí, en La Mancha, y que no fue en absoluto baladí: la oposición de los caciques a que el nuevo invento transitara por la reseca llanura manchega. Pero esa reflexión la dejo en el tintero para otra ocasión, al igual que esa tarde de marzo tuve que apresurarme en leer lo que tenía ante mí y en abandonar, con tiempo necesario para no perder el tren, la sacrosanta institución. Afuera el día seguía su curso, y aunque comenzaba a lloviznar no llegaba la sangre al río. Bien es cierto que portaba unos planos que había solicitado en el archivo de Alcalá de Henares y que las gotas amenazaban con desintegrarlos, pero la boca de metro estaba cercana a la Biblioteca y no tuve problemas en alcanzarla. Para cuando llegué a Santa Cruz, pasadas las 22:00 horas (el tren se retrasó) las gotas se habían transformado en una espesa nevada que llevaba cayendo desde hacía horas, y ello supuso un viaje de lo más incómodo desde la estación a mi casa, con los planos y los zapatos chorreando. Pero el recuerdo de aquella silla de madera y del escritorio inclinado, con su luz roja parpadeante, calmaron mis ganas de blasfemar por lo menudo. Y si os lo preguntáis, sí, estoy deseando volver.
Hasta la próxima.

domingo, 17 de junio de 2012

Un viaje maravilloso...

El mundo del ferrocarril es, en ocasiones, un tanto árido, para qué negarlo. Cuando estudias las implicaciones que una línea ferroviaria cualquiera ha tenido en un territorio determinado siempre habrá quien rebatirá tus argumentos, adoptando una postura contraria a la que tú defiendes (y que curiosamente se puede justificar bibliográficamente). Los caminos de hierro se convierten, muchas veces, en sendas de exactitud enfermiza, en las que unas décimas de segundo o unos milímetros de más pueden estropear un magnífico trabajo de investigación. Siendo además el ferrocarril español terreno abonado a la elaboración de artículos, tesis doctorales y demás trabajos de epistemología histórica, los que nos hemos dedicado a ello siempre encontramos un pero. Al principio es difícil acostumbrarse a toda esta marea y contramarea de dimes, diretes, tirios, troyanos, digos, Diegos... Al final acostumbra uno a aceptar lo que le dicen (con ánimo de mejorar su trabajo) y a ir desdeñando, poco a poco, aquellos argumentos demenciales que siempre aparecen en un momento determinado y que, como los guiones de las películas malas, se sumergen en un eterno retorno al modo de Nietzsche. Algún día hablaré de mi némesis ferroviaria, que la tengo (y cuyo argumento favorito, siempre que puede, es decir en voz alta que el primer ferrocarril español es el de la isla de Cuba de 1837). Pero hoy quiero hablar de la otra cara de los caminos de hierro, esta vez no de yerro: de aquellos que, desinteresadamente, siempre están dispuestos a echarte una mano.
Los primeros que acudieron al rescate de un despistado alumno de quinto de carrera fueron los amigos del ferrocarril de Valdepeñas, los chicos del Trenillo. Gracias a la ayuda de Jesús Mesas (quien también me echó una mano a la hora de entender los entresijos de la instalación ferroviaria de Santa Cruz) tomé contacto con esta asociación, que tantos y tan buenos ratos me ha hecho pasar, y a quien siempre estaré agradecido. Será cuestion, otro día, de ir nombrando aquellos logros, alegrías y conversaciones a la luz de la estación de Valdepeñas que he jalonado junto a Javi, Víctor, Javier Iván, el gran Rose, Juanjo... 
Pero hoy me apetecía hablar de un viaje que tuve la ocasión de realizar a bordo de una vagoneta, desde Almuradiel a Correderas. Gracias a las gestiones de Manuel Laguna, ferroviario de pro y apasionado de la historia de los caminos de hierro locales, tuve la oportunidad de coger mi cámara de fotos y, ataviado con chaqueta reflectante amarilla (propiedad de Posadas), ser testigo del trayecto por el corazón mismo de Despeñaperros. La sensación fue, desde luego, indescriptible. Acostumbrado a viajar en los asientos laterales de los viajeros, ocupar plaza en ventana preferente fue para mí una enorme satisfacción, máxime si, como ocurrió, el día fue magnífico, la luz maravillosa y el paisaje sobrecogedor. Contemplar esas excrecencias graníticas, esos zócalos de la orogenia primaria levantados por el plegamiento alpino, ajados, maltratados por la lluvia y el viento, y verlos colgando sobre las vías es una sensación rara, mitad pavorosa mitad exultante. Atravesar los túneles (que si no recuerdo mal fueron siete, hasta llegar a Correderas), hollar su oscuridad con el sonido de la vagoneta y la luz que apenas si rompía el manto negro que nos aprisionaba fue como un bautizo en los arcanos del mundo ferroviario. Circular por los puentes metálicos que salvan el abismo vertiginoso de Despeñaperros y poder apearse, en un momento determinado, para fotografiarlos, se convierte en una experiencia extásica para los amantes de este medio de transporte (me atrevería a decir que para cualquiera que disfrute con la fotografía, el paisaje y las experiencias nuevas). 
La soledad de la estación de Correderas, fin de nuestro recorrido, fue un agradable descubrimiento, sobre todo por su relativo buen estado y por algunas cuestiones de interés que allí se pueden comprobar, como la vía estrelladero para el frenado de emergencia, el gris del balasto confundido con el verde de la encina, el brillo de los raíles entre la maleza, las traviesas de madera ajadas y estropeadas...
Estaría mucho más tiempo glosando las maravillas de esas dos horas pasadas sobre los vías. Tal vez mi entrada pueda parecer un tanto exagerada, al fin y al cabo se trató únicamente de subir a una ruidosa vagoneta y transitar unos kilómetros por encima de raíles de acero pulidos por el uso. Pero os puedo asegurar que la experiencia valió la pena, al menos para mí. Y por descontado que, si puedo, la repetiré. Por cierto, cuando hicimos el trabajo de documentación para la navaja de Santa Cruz muchos artesanos del pueblo nos dijeron que uno de los grabados más graciosos que solía aparecer en la hoja de las piezas santacruceñas era el de "si esta víbora te pica, no hay remedio en la botica". Pues a mí me ocurrió algo semejante. Y ahora no puedo sacarme de encima el veneno de esa víbora, que llevo gustoso, dicho sea de paso. Hasta la próxima.